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Enigmas.- No hay sobre la Tierra ya científico que ponga en duda que el cambio climático es una realidad, que está pasando y que su origen es antrópico, en especial el calentamiento registrado durante la segunda mitad del pasado siglo. Es preciso llamar la atención de la sociedad en el sentido de que estamos ante un fenómeno sin igual, un problema ambiental de descomunal envergadura al que nunca antes el hombre había tenido que enfrentarse, es una amenaza real que lentamente ya está cobrando forma.
Marta Beneyto El siglo XX ha pasado ya a la historia por ser el más virulento en lo que a catástrofes meteorológicas y climáticas se refiere. Decenas de miles de muertos, millones de desplazados, miles de millones de euros en pérdidas económicas. es parte del precio que el hombre ha de pagar por fomentar de manera consciente en las últimas décadas una intensificación del calentamiento de la Tierra, tanto por medio de la quema incontrolada de combustibles fósiles como por la emisión de gases nocivos, los conocidos clorofluorocarbonos (CFC's), también llamados gases de "efecto invernadero", que aniquilan el ozono de la estratosfera. Este calentamiento tuvo su origen en el momento en que el hombre, primero de forma inconsciente y después conscientemente, empezó a liberar sin control grandes cantidades de gases como el dióxido de carbono (CO2), el más contaminante, el óxido nitroso (NO2), el metano (CH4), los hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y los sulfuros hexafluoruros (SF6). Su estancamiento, además de haber originado sobre la Antártida un agujero en la capa de ozono con una extensión que triplica ya la de todo el territorio de EEUU, impide que la radiación solar y el calor de la Tierra escapen al espacio, acentuando nuevamente sus efectos sobre el planeta y contribuyendo así a elevar las temperaturas. Es el tan escuchado, que no asumido, "cambio climático", un desorden generalizado y violento de las características climatológicas y meteorológicas de numerosas áreas del planeta, que comparte un mismo origen. Sus efectos ya los han experimentado en casi toda la Tierra centenares de millones de personas. Y las perspectivas no son en modo alguno halagüeñas. En el mejor de los supuestos, aunque desde este momento las emisiones de CO2 se redujeran drásticamente, la inercia de calentamiento generada en las últimas décadas, en especial en los setenta, ochenta y noventa, durará cientos o tal vez miles de años.
Temperaturas y fusión de los polos
Las consecuencias hacen alusión básicamente a dos efectos concretos: la subida progresiva y lineal de las temperaturas, que en las dos próximas décadas podrán alcanzar sin dificultad los 50º C en verano, y la otra, más inquietante si cabe, la crecida del nivel de los océanos a nivel mundial ocasionado por un fenómeno de actualidad, la fractura y fusión de la plataforma Larsen y otras aledañas. Todo responde al súbito calentamiento que ha registrado el continente blanco en los últimos 50 años, donde las temperaturas medias se han disparado 2'5º centígrados, lo que supone un aumento muy superior al calentamiento medio registrado en todo el planeta (0'6º centígrados en el siglo XX).
Coincidiendo ahora con el final del verano austral, y después de que durante toda la temporada estival la atmósfera sobre la Antártida fuera acumulando calor, una superficie helada de 3.250 km2 y 200 metros de grosor, algo menor que la isla de Mallorca, terminó de romperse y de separarse del continente helado. Sin embargo, no es la primera que pasa ni seguro que será la última según expresaron miembros del equipo científico del Servicio Antártico Británico (BAS, en siglas inglesas), quienes siguen a diario la evolución de varias plataformas junto a expediciones de otras naciones. El pasado 7 de febrero, en el área conocida como mar de Ross se desprendió una superficie del tamaño de Manhattan. También en el mar de Amundsen se colapsó una masa de 5.400 km2 y 85 km de grosor.
Según comentó el glaciólogo David Vaughan, en 1998 el BAS predijo la ruptura de más plataformas alrededor de la península antártica, y "desde entonces ha continuado el calentamiento en la región. Hemos presenciado la destrucción de toda la Larsen B, trozo a trozo. Sabíamos que lo que quedaba acabaría también colapsando, pero la velocidad a la que lo ha hecho es sorprendente. Parece increíble que se hayan desintegrado 500.000 toneladas de la capa helada en menos de un mes".
Un siglo para olvidar
Aunque cronológicamente en la edad de la Tierra -estimada en unos 4.500 millones de años- cien años no representan prácticamente nada, sí han sido suficientes para que la actividad humana haya dejado un mella difícil de borrar. Algunos expertos, como André Berger, una autoridad mundial en Paleoclima, opinan que el planeta tardará alrededor de 50.000 años en recuperarse de los efectos del experimento incontrolado que está suponiendo inyectar altas dosis de CO2 a la atmósfera.
Como resultado del mismo, en el hemisferio norte la temperatura de superficie ha subido más que durante los diez siglos precendentes. La década de los noventa ha sido considerada como la más calurosa, no ya del siglo, sino de todo el milenio. El conjunto de la masa helada del Polo norte ha perdido un 40% de su grosor sólo durante las últimas décadas y su extensión se ha visto reducida hasta en un 15% del total. A simple vista sus glaciares se han desgastado por efecto del calor.
La regularidad con que antaño entraban las estaciones del año era casi matemática; apenas el invierno lograba robar unos días a la primavera o el verano al otoño, y sin embargo hoy es fácil comprobar cómo incluso a primeros del mes de febrero la primavera irrumpe con fuerza. En este sentido un reciente estudio elaborado por la Universidad de Munich (Alemania) afirma que en las últimas décadas la primavera se ha adelantado hasta 18 días a su fecha oficial de inicio. A simple vista incluso puede parecer agradable dar carpetazo al crudo invierno antes de lo normal, pero cuando la gente empieza a anhelar el primer sol de primavera, unos días más largos, pasear por un parque, sentarse en una terraza libre de abrigos o gabardinas. y estas actividades llegan antes de tiempo, quiere decir que los hábitats animales se están desplazando cada año un poco más a latitudes septentrionales, más próximas al Polo norte, forzando a emigrar a especies que no están preparadas físicamente para los rigores de esa región de la Tierra. Las aves, una de las especies más afectadas, están alterando sus periodos de migración en busca de aires más cálidos.
El fenómeno de El Niño, ese ciclo vicioso de la Naturaleza consistente en una inmensa bolsa de agua caliente que atraviesa periódicamente el océano Pacífico ocasionando incalculables pérdidas materiales, económicas y humanas en países como Perú, Colombia y Ecuador, ha iniciado un periodo en el que su aparición es cada vez más frecuente, de mayor duración y con una virulencia que va más allá de lo habitual. Su hermana, La Niña, más fría, tormentosa y menos conocida, también ha multiplicado su número de visitas además de ampliar su radio de acción.
La madre de todos los desastres
Las más recientes predicciones realizadas por científicos medioambientales de la ONU apuntan a que en torno al año 2100 la temperatura media del planeta superará hasta en 6 grados centígrados a la actual (según regiones), lo que provocará con toda seguridad, y aquí no empleamos la forma condicional, a unas consecuencias de un dramatismo sin parangón, que pondrán al límite la posible continuidad de muchas especies sobre la Tierra. Sin embargo, y esto es lo peor, las evaluaciones efectuadas no incluyen el límite superior de este rango de temperaturas. La literatura existente hoy acerca de los impactos del clima excluye los que se asocian al rango superior de incremento de las temperaturas medias, datos que no se reflejan en los estudios realizados. En definitiva, lo expuesto concluye que los cálculos están realizados a la baja, despreciando elementos y circunstancias que las organizaciones ecologistas y los científicos saben con seguridad que tienen repercusión, pero no en qué medida.
Ante el efecto más directo del alza de las temperaturas, el aumento del nivel de los océanos y la pérdida de archipiélagos y costas, el rápido deshielo de los polos antes comentado por el glaciólogo británico, la gran mayoría de las personas asisten impasibles al considerarlo un suceso aparentemente puntual, lejano y que no tiene efecto directo sobre ellas. Sin embargo, y esto es algo confirmado por numerosos expertos en la materia, en el siglo XX el mar ha ganado de 10 a 25 centímetros según el perfil de las costas y los expertos consideran que en gran medida es consecuencia del aumento de las temperaturas de entre 0'3 y 0'6º desde 1860, cuando el primer tejido industrial importante del mundo empezaba a generar y a emitir gases a la atmósfera. De mantenerse el ritmo actual de fusión del hielo antártico y polar, las estimaciones más optimistas calculan que los niveles costeros oceánicos subirán entre 15 y 95 centímetros bastante antes de alcanzar el año 2100, con una velocidad de deshielo cinco veces superior a la registrada en el siglo XX.
Sólo la actividad industrial y la quema de combustibles fósiles en especial durante la pasada centuria, van a precipitar el final de los grandes archipiélagos del Indico y del Pacífico, condenados a desaparecer por la fusión polar, fenómeno que se ha venido acelerando desde 1995. Es algo ya posiblemente inevitable; la altitud de esos paraísos sobre el nivel del mar apenas levanta dos o tres metros y ya están viéndose afectados. El mar y el oleaje está haciendo desaparecer las playas, y los gobiernos afectados se las ven y se las desean todos los años para recuperarlas ayudados de excavadoras y toneladas de arena traída desde otros puntos del litoral. En buena lógica, estos países son los que con más fuerza quieren poner freno a las emisiones contaminantes a la atmósfera. Pero curándose en salud, en los casos de Tuvalu, Kiribati o Tarawa ya se están poniendo en práctica planes de evacuación de su población con destinos de acogida como Australia o Nueva Zelanda. Y si la operación ya reviste complicación por su naturaleza, los gobiernos de estos países de la Commonwealth británica ponen constantes trabas a la entrada de refugiados.
Dentro de este sinfín de acontecimientos de relación causa efecto, la inundación de estos atolones e islas, además de forzar la emigración de poblaciones y asentamientos menores al completo, supondrá un enorme problema de pérdida de industria turística, pesca, producción agrícola, así como de creación de infraestructuras, suministro de agua potable. Las inundaciones, que cada año se ha calculado que afectan a 46 millones de personas, duplicarían al menos la cifra total de damnificados. Las estimaciones actuales se atreven a concluir que países desarrollados como Holanda o Uruguay pueden perder hasta un 6% de su territorio actual, mientras que naciones del tercer mundo como Bangladesh verán recortada su superficie habitable en cerca de un 20%. En ese sentido, una nueva consecuencia dentro de la inmensa cadena de desastres ocasionada por el cambio climático es la pérdida de fuentes de agua potable debido a la crecida de aguas marinas con altas concentraciones de sal.
Por lo que se refiere a los ecosistemas, es decir el conjunto de todos los organismos vivientes y las interacciones que mantienen entre ellos y con la tierra, el aire y el agua, así como las particularidades que conforman el medio, son ya más de 400 los afectados. Se habla ya de la alteración en los patrones reproductivos de las especies, aunque la deforestación es quizá la más preocupante de las consecuencias del impacto ecológico. Y es que los expertos temen que la capacidad de absorción de carbono de los bosques, especialmente sensibles a las alteraciones del clima, disminuya con el tiempo y dejen de actuar como sumideros para convertirse en fuente de emisión de este gas, contribuyendo así también al calentamiento global.Los arrecifes de coral son otro de los ecosistemas sobre el que los biólogos más preocupación muestran. Su vulnerabilidad a los cambios de temperatura es extrema y un aumento de la misma por encima de los tres grados les llevaría a una desaparición segura.
Salud en peligro
Otra de las consecuencias asociadas al cambio climático son los efectos sobre la salud. Sólo el aumento de las temperaturas medias está fomentando la reaparición o expansión a otras latitudes de enfermedades como la malaria, el dengue, la fiebre amarilla, el cólera, la leishmaniosis... alcanzando áreas donde hacía tiempo que habían sido erradicadas o donde, peor aún, jamás se dieron. Ello sin tener en cuenta que las olas de calor, cada vez más frecuentes y no sólo en épocas estivales disparan el número de personas que han tenido que ser atendidas de urgencia por desvanecimientos, infartos de miocardio, deshidratación. En este sentido, el investigador Raymond Bradley, de la Universidad de Massachusetts, en un informe recogido en la revista Geophysical Research Letters señaló que el motivo principal de la reaparición de enfermedades supuestamente ya erradicadas está en "las temperaturas en la última mitad del siglo XX, que no han tenido precendentes". En su estudio halló que disminuyeron de media 0'02º centígrados por siglo durante los 900 años anteriores al siglo XX, para subir de forma brusca y continua durante la segunda mitad del mismo.
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