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La teoría sobre el biocampo o cuerpo energético dentro y alrededor del hombre parece confirmar una arcaica tesis mantenida por antiquísimos filósofos del Extremo Oriente e indios, recogida por los teósofos y místicos del Occidente y representada en nuestro siglo por la antroposofía. Nos referimos a la hipótesis de que el hombre y cualquier otro ser viviente poseen junto al cuerpo físico ordinario otro denominado astral. Muchos autores prefieren llamarlo cuerpo fluidal; asimismo solemos leer expresiones tales como cuerpo fantasmal, cuerpo anímico o doble sutilizado.
Este concepto que viene siendo objeto de violentas controversias hasta los tiempos actuales, recuerda mucho las ideas expuestas en el capítulo precedente sobre esa fuerza vital y universal de los antiguos acupuntores chinos; por añadidura coincide con el axioma fundamental de la doctrina india yoga, donde se afirma que el hombre no tiene sólo un organismo físico, sino también un cuerpo «sutil» (subtle body) por el cual fluye una energía vital de carácter universal, denominada «prana» entre los indios. Encontramos también el concepto de un segundo cuerpo mucho más «etéreo» en el ser humano entre los antiguos egipcios de hace cinco mil años; asimismo lo sustentan los monjes tibetanos y casi todos los chamanes y hechiceros pertenecientes a pueblos primitivos de todos los continentes. Al parecer, de ese cuerpo astral parte una irradiación la cual constituye el aura que rodea a todos los organismos vivientes, incluidas las plantas.
Moisés y los profetas y santos del cristianismo han sido representados desde muy antiguo con una corona luminiscente alrededor de la cabeza cuya luminosidad aumentaba visiblemente en los momentos de éxtasis al decir de las gentes. También se ha representado a Cristo no raras veces con el cuerpo envuelto por completo en una nube luminosa.
El médico y magnetizador ya citado Franz Anton Mesmer hizo suyo este fenómeno hace doscientos años. Afirmó que todas las cosas vivientes emiten un fluido luminoso, y relacionó esa manifestación con su «magnetismo animal». El mundo científico rechazó los asertos de Mesmer, y por cierto, fundándose en una investigación del tema realizada por la Academia de Ciencias de París hacia fines del siglo XVIII. Fue esa misma Academia la que pocos años después hiciera constar respecto al debate sobre meteoritos que «las piedras no podían caer del cielo», y la que más tarde denominara truco a la imitación de la voz humana mediante una máquina parlante, el fonógrafo.
Durante el pasado siglo el investigador naturalista de Stuttgart, barón Karl von Reichenbach, analizó minuciosamente el fenómeno de una irradiación emitida por el cuerpo humano. Hasta entonces la vida de Reichenbach había estado jalonada de éxitos científicos, pues el hombre conocía las ciencias naturales con una profundidad pasmosa para su tiempo. A lo largo de veinte años experimentó con unas quinientas personas sensitivas. Entre otras cosas retuvo a sus personas testigo durante largos períodos -algunas veces varias horas- en los subterráneos totalmente oscuros de su castillo de Reisenberg cerca de Viena para hacerles adaptar sus ojos a las tinieblas hasta percibir una tenue luminosidad. Entonces, aquellas personas sénsitivas empezaron a distinguir una irradiación luminosa que emitían los presentes. Reichenbach la denominó «od». Según manifestaron las personas testigo de Reichenbach, toda superficie de piel al descubierto irradiaba una luz blanquecina en plena oscuridad. Ese color se tornaba rojizo e incluso rojo cuando el individuo estaba enfermo o a punto de -contraer una enfermedad. Al parecer, los hipersensitivos tenían aún mayor capacidad para diferenciar los colores, y distinguían entre los colores fundamentales azul, amarillo y rojo diversos matices verdosos y anaranjados, rojizos y violados.
Reichenbach creyó haber demostrado -coincidiendo así totalmente con las opiniones de Mesmer- que esa «od» era transferible a otros cuerpos y que para ello muchas veces no resultaba siquiera necesario un contacto directo. Tales afirmaciones han sido reforzadas por numerosos curanderos espirituales y otros médiums de nuestro tiempo, y asimismo por los parapsicólogos soviéticos y checos con investigaciones más modernas de sorprendentes resultados.
En Estados Unidos se distingue especialmente, entre otros investigadores de los experimentos Reichenbach, la doctora Shafica Karagulla. Esta científica de origen turco ha adquirido gran experiencia neuropsiquiátrica en cuatro países y hoy preside la «Higher Sense Perception Research Foundation» en Beverly Hills, California, una fundación dedicada a investigar los fenómenos «psi» y los problemas de la genialidad. Además, la doctora Karagulla trabaja con una aguda sensitividad que percibe el «aura»; asimismo ve el cuerpo energético que, según lo estima ella, impregna el cuerpo físico ordinario como un tejido resplandeciente de relampagueos y rayos luminosos. Mediante numerosos experimentos rigurosamente supervisados, se verificó y con-firmó una serie de aquellos otros experimentos llevados a cabo por Reichenbach en el pasado siglo.
Sin embargo, hace ciento tres años los colegas científicos de Reichenbach no quisieron darle beligerancia. El prestigioso fisiólogo berlinés Emil Du Bois-Reymond describió su investigación de la «od» cual «una madeja de lamentables errores como jamás los haya concebido la mente humana, puras fábulas sólo buenas para quemar como novelas rancias o productos de brujería». Por su parte, el anatomista y zoólogo ginebrino Karl Vogt denominó a la «od» de Reichenbach «una insensatez resultante de una creciente excitación nerviosa».
Desde tiempos remotos vienen apareciendo por todos los continentes diversos informes sobre la capacidad de individuos excepcional-mente sensitivos que perciben el aura de la materia viviente; y conviene tomar con seriedad las declaraciones formuladas independientemente por muchas personas sensitivas que jamás han establecido contacto directo o indirecto entre sí, porque todas ellas coinciden en los puntos de importancia fundamental. Y esto no sólo es aplicable al aura, sino también a cuanto se relaciona con el cuerpo energético. Parece bastante seguro que aquí intervengan las apreciaciones de fenómenos auténticos, pues el hecho de que se acumulen casualmente mediante meras alucinaciones unas coincidencias semejantes en personas tan distintas entre sí y procedentes de muy diversas esferas culturales contradice por completo las leyes de la probabilidad. El aura desempeña a menudo un papel preponderante en la curación «psi» y las operaciones paranormales. Muchos sensitivos pueden extraer conclusiones de ella para favorecer la salud y disposición anímica del interesado. La americana Olga Worral y Sigrun Seutemann son médiums del diagnóstico; reconocen por el aura muchas dolencias, lo hacen directamente sin recurrir a medios técnicos. Esto sólo requiere de ellas cierta concentración y una conmutación de sus funciones perceptivas. Ambas opinan también que verdaderamente no ven con sus ojos físicos las irradiaciones aurales del individuo -aun cuando necesiten al principio la vista ordinaria-, sino que esa percepción directa tiene lugar por mediación del biocampo. A decir verdad, Olga Worral ha conseguido hace poco tiempo cerrar incluso los ojos físicos y «ver», sin embargo, las auras de los seres humanos con todo detalle, así como sus variaciones.
Gordon Turner, curandero inglés, ha proporcionada interesantes datos sobre ciertos conocimientos adicionales derivables del aura. A su entender, el aura es una manifestación dinámica que está en constante movimiento y reacciona ante influencias ambientales, emociones y enfermedades del cuerpo, expresándose mediante variaciones de color e intensidad, forma y magnitud.
Por añadidura, según Turner, la edad y la experiencia modifican el aura. Así, la de un niño pequeño es más sencilla y sólo visible junto al cuerpo. El aura de un nonato puede verse ya seis meses antes de su nacimiento dentro del aura materna. Presuntamente, los animales tienen un aura similar a la humana, pero menos compleja y diversificada, es decir comparable a la del niño pequeño. Cuanto más desciende el animal en la escala de la evolución filogenética, tanto más simple será su aura. No obstante, entre los animales se observa también algunas veces una considerable diferenciación. En el aura de los rebaños parece reflejarse el instinto gregario; los campos aurales individuales se ordenan para formar un gran campo aural que abarca a todo el grupo: No sería incorrecto, pues, hablar de un aura colectiva.
En los organismos pertenecientes a los últimos escalones las auras de todos los individuos son idénticas, no se evidencia ningún rasgo individual, es decir perceptible para los sensitivos. Las excepciones se dan únicamente cuando enferma un animal, en cuyo caso «el aura adquiere un color parduzco y se ciñe al cuerpo», según afirma Turner. No raras veces ocurre que tales animales se apartan del grupo cuando no los expulsan sus propios congéneres; tal vez esto último es una especie de inteligencia colectiva para preservar a todo el grupo del contagio, lo cual tiene cierta analogía con el comportamiento de las personas sanas frente a los leprosos en la Edad Media.
Entre los animales superiores se dan variaciones del aura individual. Hay animales más inteligentes que sus congéneres y ello se manifiesta en el aura. Ahí la influencia ambiental representa también un importante papel. Por ejemplo -siempre según Gordon Turner- el aura de los animales domésticos deja entrever más rasgos individuales que la de los salvajes. É1 lo ejemplifica con sus observaciones de los loros: un loro encerrado a solas en una angosta pajarera tenía un aura grisácea muy débil. Tan pronto como se le trasladaba a una jaula colectiva su aura se tornaba azulada y se ampliaba, lo cual podía interpretarse como una señal de creciente actividad anímica, una prueba de que el animal se sentía mejor cuando estaba acompañada. El favorito mimado de una familia muy aficionada a los animales tenía una potente aura azul extremadamente dilatada. Sin embargo, otro mostraba un aura de color muy distinto; este animal había cultivado una inteligencia excepcional.
Las verificaciones -del curandero e investigador Turner parecen revestir sumo interés en relación con muchos problemas de nuestra psicología práctica porque se las puede parangonar con los resultados empíricos de la psicología moderna y la psicología social. Si se transfiere esto a la psique humana resulta fácil conjeturar cuánto variará el desarrollo de un niño a quien se le ofrezcan estas tres alternativas: crecer en un hogar feliz, proceder de un medio asocial o educarse en un hogar de infancia. A1 tratar de la telepatía ya hemos indicado que el hombre que forma parte del grupo («animal gregario») se diferencia psíquicamente del mismo hombre como individuo aislado. Cuando se reúnen varios seres humanos animados por idénticas emociones se hace perceptible para los sensitivos un aura que envuelve a todo el grupo, bien sea el auditorio de un concierto o de un acto religioso, la asistencia masiva a una sesión «beat» o las demostraciones políticas de extremistas fanáticos. La hipótesis del campo aural haría absolutamente plausible la comunicación telepática dentro de un grupo; desde este punto de vista, el comportamiento simultáneo de enjambres y bandadas de pájaros o peces sería también sumamente revelador. Pero en estas páginas no es posible, ni mucho menos, sondear el pleno significado de semejante hipótesis. Mediante ella la imagen del hombre se extiende a los más diversos planos de la existencia humana y nos descubre aspectos inéditos, presuntamente fantásticos. Durante una curación espiritual parecen tener lugar procesos que se reflejan en el aura, es decir si se dan ciertas circunstancias un sensitivo puede seguir con la vista ese proceso de curación espiritual. Así, por ejemplo, Gordon Turner afirma respecto a la curación mediante imposición de manos que tan pronto como el curandero coloca ambas manos sobre el paciente tiene lugar una fusión de sus dos auras. Al cabo de algunos minutos, todos los colores existentes poco antes quedan subordinados a un azul predominante que franquea los límites naturales del aura y se esparce considerablemente. A1 término del tratamiento, el sensitivo distingue todavía en el aura los colores y señales que han localizado anteriormente la dolencia, pero todos ellos se desvanecen con rapidez o parecen alejarse del cuerpo enfermo. En las curaciones espontáneas y radicales el aura recobra su coloración normal al cabo de cinco minutos. Hay otros casos donde se perciben todavía diminutos puntos o cicatrices de longitudes diversas... y ello persiste durante semanas, meses e incluso años según la gravedad del trastorno. Las declaraciones de los sensitivos sobre el aura humana difieren entre sí, particularmente respecto a los colores observados. Esto es comprensible si se piensa que los médiums deben reproducir una experiencia paranormal con expresiones inteligibles para nuestros sentidos normales. El subconsciente del médium debe traducir las «oscilaciones» psíquicas en imágenes de color y forma cuyo simbolismo y punto de vista estén generalizados entre nosotros. Ahí interviene siempre cierto factor personal que asocia los distintos conceptos abstractos con impresiones concretas diversificadas. Generalmente la Ciencia resta toda importancia a los testimonios fundados en las percepciones extrasensoriales del sensitivo, y se suele alegar no sin razón la falibilidad de los propios sentidos normales... por no decir nada de algunas contingencias fatales tales como alucinaciones y sugestiones. A decir verdad, los testimonios de detectores físicos son usualmente más seguros. Por consiguiente, lo idóneo sería aplicar detectores físicos a todos esos procesos, pero por desgracia no existen tales instrumentos todavía. Hoy día, la amplitud denotativa de un sensitivo muy bien dotado sigue siendo superior a todos los detectores de que disponemos. Por ello no deberíamos desestimar las declaraciones del buen médium, máxime cuando los científicos recurren con creciente frecuencia a otros «detectores biológicos» en muchas investigaciones especiales cuyo objeto es casi siempre el estudiar las formas más simples de la vida. Por tanto, parece poco sensato y aún menos objetivo el seleccionar los fenómenos pendientes de análisis ateniéndose a su idoneidad para el examen, tal como dijera el médico y premio Nóbel francés Alexis Carrel: «La importancia de un objeto analizable no debe relacionarse nunca con su mayor o menor facilidad para la investigación al nivel actual de la técnica física demostrativa». Por lo demás, se ha demostrado que el «detector humano» no parece ser ni mucho menos tan inexacto como suponen numerosos científicos, sobre todo si tenemos presente que entre los múltiples parafenómenos sometidos a la observación humana desde remotas fechas, muchos rechazados inicialmente por las ciencias exactas, reciben ahora en medida creciente el consenso general. Aun cuando muchos testimonios del médium no posean demostrabilidad científica, proporcionan sin cesar valiosos datos. Mencionemos, entre otras, una declaración muy orientadora de Gordon Turner sobre el fenómeno de la muerte. Él observó en tres ocasiones la llegada de la muerte e hizo cada vez, como vidente, las mismas apreciaciones: el aura del moribundo perdía su color, se tornaba de un gris sucio mientras se replegaba incesantemente hacia el cuerpo. A1 propio tiempo, Turner percibió una forma fluctuante perfilada como el cuerpo, aunque algo mayor que se apartaba de éste y, ascendiendo aproximadamente un metro, flotaba estática sobre él. Turner tomó esa forma por lo que se llama organismo astral o bien cuerpo energético según la denominan muchos investigadores modernos. Tras una peculiar irisación que parecía invadir toda la estancia, las auras y los presuntos cuerpos energéticos se desvanecían. En esas tres ocasiones, el fenómeno duró entre quince minutos y tres horas.
En nuestra civilización, una gran mayoría de personas continúan rechazando y satirizando el concepto sobre una supervivencia anímica y mental de la muerte física, idea que se remonta a los albores de la Humanidad. Muchos interpretan tal creencia como una expresión compensadora de la angustia vital, pero desconocen la inmensa cantidad de documentos fiables sobre ese tema aportados en el curso de los últimos cien años, en parte por eminentes investigadores muy escépticos de quienes no cabe sospechar la menor tendencia sutilizadora. El americano Arthur Ford, teólogo, psicólogo y médium a un tiempo, causó gran sensación con la reseña y el análisis de sus «contactos sobrenaturales» mediúmnicos que recopila en una obra titulada "Informe sobre la vida después de la muerte". Desde luego, no se ha demostrado científicamente hasta ahora la existencia de un cuerpo astral que sobreviva al cuerpo físico y, por ende, implique una vida ulterior de nuestro ser anímico o mental; pero es un craso error dar por supuesto todo cuanto demuestre lo contrario. Wernher von Braun dice al respecto: «La Ciencia ha verificado que nada puede desaparecer sin dejar rastro. La Naturaleza no sabe de aniquilamiento, sólo de transformación. Todo -cuanto me ha enseñado y sigue enseñando la Ciencia fortalece mi creencia en "una prolongación de nuestra existencia mental allende la muerte».
Análogamente se manifiesta Hermann Oberth, padre del viaje espacial en Alemania.
No sigamos adelante sin reseñar un hecho curioso: varios médiums creen a ciencia cierta que el cuerpo astral no se separa solamente del cuerpo físico cuando llega la muerte, sino que en algunas circunstancias puede desligarse durante algún tiempo sin que por ello haya de morir el interesado. Algunas almas imaginativas narran fantásticas historias sobre la llamada migración astral. Esos fenómenos tan interesantes sufren descrédito a menudo en boca de gentes sin discernimiento que confunden no raras veces las mistificaciones con los fenómenos auténticos.
Sea como fuere, existen muchos informes fidedignos y coincidentes en varios puntos trascendentales, informes presentados por personas serias y de mente clara que hallándose en situaciones anómalas, como enfermedades u operaciones con riesgo de muerte, tuvieron una experiencia asombrosa mientras conservaban pleno conocimiento: se encontraron fuera de su cuerpo. Más tarde aseguraron haberse visto ante sí mismas. Vieron su propio cuerpo sobre la mesa de operaciones y para probarlo expusieron pormenores que les hubiera sido imposible captar en la posición decúbito supino, y cuya veracidad se pudo comprobar después hasta el último detalle en muchos casos.
Desde lejanas fechas se ha dicho con frecuencia de los yoguis indios y los lamas tibetanos que poseen facultades para suscitar la disociación pasajera de su cuerpo astral y asistir conscientemente al acontecimiento. En Occidente se suele conceptuar semejantes informes como una superstición de pueblos pertenecientes a esferas culturales inferiores y, por tanto, no se los ha investigado con seriedad. Pero ahora se manifiestan también esas dotes espirituales en el mundo occidental, aunque de forma esporádica. Un caso sensacional es el del americano Robert Monroe, especialista en electrónica. Parece ser cierto que Monroe posee facultades para transportar su conciencia a lugares distantes pero no sólo como lo haría un ilusionista, sino de tal modo que al propio tiempo ve personas y sucesos acontecidos allí, y aunque los seres «normales» de aquellos lugares no perciban su presencia ésta sí resulta perceptible para los videntes. Según se afirma, los ensayos científicos realizados en las condiciones de la prueba han dado resultados positivos.
Otro caso similar es el del artista americano Ingo Swann. Le examinó una representante de la «American Society Psychical Research» para comprobar sus excepcionales capacidades paranormales. Ingo Swann tomó asiento en una habitación oscurecida y se le aplicaron diversos instrumentos electrofisiológicos. Entonces se le encomendó la misión de «abandonar su cuerpo» y escudriñar objetos que no podía ver materialmente en aquella posición. Tras esas «excursiones», Ingo Swann describió con suma precisión los objetos examinados, y por cierto desde el ángulo visual que le pareció preferible durante su estado out of the body (fuera del cuerpo). El médium los describió y, además, hizo varios bosquejos que fueron valorados por una psicóloga mediante el método blind-judging. Todos los experimentos siguieron un curso positivo. Las probabilidades de que el resultado pudiera obedecer a la casualidad fueron aproximadamente de 1:40.000. No menos fantástica fue la facultad de Ingo Swann para examinar -en el estado out of the body- un aparato electrónico enterrado bajo tierra y hacer después un esquema exacto de su mecanismo. Los informes sobre semejantes prodigios activan la imaginación induciéndola a hacer peligrosas especulaciones. Se cree ver grandes secretos conservados celosamente en cámaras acorazadas inaccesibles para el profano. Quizá se debiera reservar las actuaciones paranormales de esa especie para una Humanidad más madura; porque el abuso de tales fuerzas podría acarrear consecuencias imprevisibles.
Actualmente los parainvestigadores sustentan todavía opiniones muy diversas. Pero el determinar si Ingo Swann puede «abandonar» realmente su cuerpo o si su campo de fuerza y perceptividad mentales puede exteriorizarse fuera del cuerpo o si se trata «tan sólo» de clarividencia -según muchos analistas-, será un debate infructuoso mientras no sepamos cuál es el origen de la clarividencia. En el Congreso de parapsicólogos celebrado en Hot Springs (Arkansas) el año 1972, los médicos americanos me hicieron saber su opinión: a su entender, el biocampo del cuerpo humano a alguna de sus partes puede abandonar temporalmente el organismo físico y también sobrevivir a la muerte por lo menos durante algún tiempo; asimismo, la verdadera morada de nuestra sensibilidad no parece ser el cuerpo con cerebro y sistema nervioso, sino el cuerpo energético al cual está subordinado el físico.
Otra forma extrema de esa presunta disociación en cuyo transcurso la parte disociada resulta visible incluso para varias personas, es la bilocación que, combinada con inexplicables acciones curativas, se atribuye al monje capuchino padre Pío en el monasterio Giovanni Ratondo, cerca de una ciudad italiana meridional llamada Foggia, quien según se dice ha sido visto simultáneamente con frecuencia en dos lugares muy distantes entre sí. He aquí el resumen del caso Mario D., de Viareggio:
En 1940, cuando nuestro protagonista contaba veinticuatro años, sufrió un accidente de trabajo. Desviación de la columna vertebral en la región lumbar, más la consiguiente atrofia del hueso sacro. Gracias a un corsé de escayola se le consideró apto para trabajos ligeros hasta que, en 1950, un esfuerzo físico excesivo le hundió definitivamente. Resultado: parálisis total e insensibilización de las piernas. El paciente quedó encadenado a la cama. Los especialistas consultados no pudieron ayudarle ni formular un diagnóstico preciso. El 17 de marzo de 1951, al cumplirse un año de enfermedad, se hizo inminente el desenlace definitivo. Aquella tarde su mujer le llevó un libro sobre el padre Pío y le suplicó que pidiera ayuda al monje. El paciente, quien sentía cierta fobia contra todo religioso en general y contra los sacerdotes en particular, exclamó sin gran convicción después de soltar el libro:
-¡Si has hecho ya tantos milagros, ayúdame también a mí! En ese mismo instante vio abrirse la puerta de su dormitorio. Por ella entró un capuchino con cogulla, que se acercó al lecho y le dijo: - ¡Levántate! ¡Ya no tienes nada!
Entonces Mario sintió como si ocho brazos le alzaran de la cama y le acostaran otra vez con gran delicadeza. Un momento después, el capuchino se alejó por la puerta dejando un aroma de azucenas en la habitación. A todo esto, la esposa de Mario, quien había estado presente en el cuarto, pero sin percibir nada salvo la extraña conducta de su marido, creyó que éste había enloquecido cuando le vio levantarse de pronto. A1 día siguiente, el hombre se presentó, evidentemente curado, en su puesto de trabajo.
Cuando decidió un año después recorrer 800 km para dar las gracias al padre Pío por el auxilio prestado, éste pareció conocer exactamente su situación. El médico de Mario manifestó por escrito que había mantenido bajo tratamiento al paciente durante largo tiempo para curarle una artritis crónica progresiva con graves alteraciones en la región sacrolumbar, pero sin observar mejoría alguna. Sin embargo, los trastornos subjetivos habían desaparecido de improviso y no se había producido recaída alguna hasta la fecha presente. Él no podía explicarse una remisión tan súbita como la experimentada por aquel paciente.
El profesor Hans Bender creyó poder explicar tan extraño caso mediante los efectos de la expectación, la alucinación y la telepatía, pero sin excluir definitivamente la «teoría de una excursión anímica». Al parecer, aquí nos hallamos ante un parafenómeno vinculado a un proceso curativo, cosa bastante frecuente en el padre Pío en esa forma u otra parecida; lo cual, relacionado con las consideraciones precedentes, como el caso de Robert Monroe, debería hacernos reflexionar alguna que otra vez. A este respecto hay otros muchos fenómenos que no encajan en nuestro marco conceptual científico con sus ideas acuñadas sobre el conjunto cerebro-sistema nervioso como único instrumento de la percepción. Entre ellos figuran las manifestaciones de la llamada transposición de los sentidos que, aun siendo relativamente infrecuente, representa un testimonio seguro sobre el cual se informa una vez tras otra. Hacia principios del pasado siglo, el médico francés Pétetin observó ya que en algunos pacientes suyos los sentidos externos tales como vista, oído y olfato ocupaban lugares desusados del cuerpo.
El célebre médico y psicólogo italiano Cesare Lombroso tenía una paciente cuyo sentido del olfato «vagabundeaba». Si le ponía amoníaco bajo la nariz, ella no reaccionaba en absoluto. Pero cualquier otra sustancia mucho menos olorosa causaba una fuerte reacción cuando alguien se la colocaba bajo la barbilla. Así pues, el mentón se había convertido en alojamiento del olfato..., y con el tiempo se fue desplazando hasta alcanzar los pies. Durante el pasado siglo el doctor Angona asistió en Carmagnola (provincia de Turín) a una joven sonámbula que cuando se hallaba en ese estado podía reconocer las monedas que le aplicaban sobre el cuello y percibir con las palmas de las manos cualquier olor. Más tarde, la vista y el oído se trasladaron poco a poco hacia la pared abdominal.
Evidentemente dichos fenómenos perturban nuestro concepto de los procesos en las percepciones sensoriales; pues normalmente se «ve» con los ojos, y desde éstos el correspondiente estímulo se desliza hacia el cerebro, donde se le percibe y se presencia el objeto visto. Ahora bien, si fuera cierto el criterio de los antiguos ocultistas -quienes creían que las sensaciones tienen lugar en el cuerpo astral, es decir detrás del cerebro hasta cierto punto-, el camino ordinario sería aquel seguido por la señal que llega hasta el cerebro y debe ser retransmitida al cuerpo astral o energético para que se la pueda sentir y experimentar. Junto a ese camino normal hay otra vía paranormal -si se dan ciertas circunstancias- en donde el cuerpo energético sería también «cuerpo perceptivo» relativamente y utilizaría otros «puntos de contacto» para percibir las cosas.
La conexión entre cuerpo energético y cuerpo físico es con toda probabilidad muy compleja. Aquí no parece existir solamente un nexo pasando por el cerebro, pues diversos indicios parecen señalar que la comunicación de ambos sistemas se extiende por todo el cuerpo y traspasa asimismo los centros de acupuntura. Cuando la hayamos investigado podremos entender mejor quizás el enigma de la acupuntura anestésica.
Sea como fuere, nosotros debemos ir habituándonos a esta idea: un análisis científico racional del sistema llamado «cuerpo humano» sin ocultación de los hechos y fenómenos normales y paranormales conocidos sobradamente hoy día, conduce a un modelo humano mucho más complicado e ininteligible para la mente intelectiva de lo que han establecido hasta ahora con sus trabajos la Medicina y la Biología científicas. A quien le parezca disparatada este razonamiento inicial para explicar tales fenómenos, puede proponer otro más razonable. Pero en ningún caso se conseguirá resolver este problema mientras se la siga desestimando. Muchos científicos soviéticos procuran no evadir las manifestaciones incómodas, sino más bien investigarlas con acrecentado interés. Así, por ejemplo, comprobaron en 1962 que Rosa Kuleschova, una joven de 20 años, podía reconocer los colores con las yemas de los dedos. Una investigación mantenida durante seis semanas en la clínica psiquiátrica de Sverdlovsk demostró que la muchacha «sentía» también los colores ocultos tras un cartón, y podía «reconocer» los colores cubiertos con vidrio, celofán y otras materias. Así pues, fue preciso descartar las ínfimas diferencias de estructura o los leves cambios de temperatura en los diversos colores que pudieran haberle servido de orientación gracias a un tacto excepcional. La objeción de que esa «vista sin ojos» obedece a un síntoma enormemente raro no nos permite avanzar ni un paso hacia la solución del problema: ¿dónde tiene lugar, en definitiva, nuestra «vivencia» de las cosas? Aquí sólo parece seguro que el desciframiento de todos esos procesos, el cuerpo energético o biocampo, reviste una importancia primordial. Ese biocampo y la energía emitida por él son también sin duda unas magnitudes determinativas en las curaciones paranormales.
Si se aceptara el cuerpo energético como origen de los procesos paranormales, se proporcionaría una base científica más concreta a muchas manifestaciones definidas hasta ahora como puramente para psicológicas. Pues ciertas expresiones -por ejemplo, «sondeo del subconsciente» o «contacto con la subconsciencia de otra persona»- tan utilizadas por los parapsicólogos, son quizá valiosas y satisfactorias cual conceptos filosóficos y psicológicos, pero no satisfacen al pensamiento científico. Sin embargo, la «transposición de un biocampo a otra» podría ser un concepto científico revelador, aunque como ya se ha dicho aquí, en la persecución del cuerpo energético o biocampo será inevitable o poco menos el dar por supuesta una forma fundamental e inédita de energía.
Según la opinión inamovible de muchos psicólogos, numerosos indicios señalan la presencia de algo así como un cuerpo energético, pero la Ciencia no lo necesita. Dudamos mucho de que semejante criterio sea provechoso para el progreso científico; porque al fin y al cabo aquí interesa averiguar si existe el cuerpo energético, pero no si es necesario o innecesario para la Ciencia. En 1913, el filósofo francés Henri Bergsan dijo que nadie debería asombrarse de que un científico se aferre a su método como un obrero a su herramienta. Él le rinde homenaje por lo que representa... cualesquiera sean sus rendimientos. Y eso no ha cambiado ni un ápice hasta la fecha. Hoy, tal como antes, el científico debe guardarse mucho de ver un fin supremo en su método y raciocinio profesionales, siempre y cuando se proponga sinceramente acercarse a la verdad.
Si el cuerpo energético o biocampo resulta ser algo que se desprende del cuerpo y puede sobrevivirle, entonces la cuestión parecerá revestir más importancia que una mera manifestación secundaria -de los procesos biológicos.
Según tenemos entendido, muchos investigadores soviéticos y checos tienden a opinar que el cuerpo energético es la parte predominante y organizadora del ser humano. Las enfermedades, dicen ellos, se dejan sentir primeramente en los desequilibrios del cuerpo energético, y a partir de ahí se extienden por todo el cuerpo físico. Así pues, el cuerpo material representa el campo de acción y no el campo causal, lo cual ha sido reconocido hasta ahora por una gran mayoría de científicos y en lo sucesivo tendrá aún más aceptación si cabe.
De ahí se debería inferir que en un tratamiento médico no sólo es preciso combatir los trastornos del cuerpo físico, sino eliminar también las causas cuyo origen es el cuerpo energético -u otra autoridad suprema todavía por descubrir-, pues de lo contrario cabe esperar que la curación no sea duradera. Si consideramos los incontables medicamentos utilizados hoy día, veremos que todos ellos representan otros tantos ataques contra las acciones, aunque se elimine raras veces la causa. Cada tipo de terapia sustitutiva se dirige contra las acciones, con lo cual no queremos significar que sea injustificada. Sin embargo, el método idóneo sería atacar a una enfermedad en su fase inicial sobre el campo causal y no tratar las acciones y los síntomas flagrantes en su fase postrera.
La Medicina occidental comenzó con la. disección del cuerpo humano e hizo grandes progresos en ese sentido. Escrutó el organismo humano en todas las direcciones concebibles. Pero mientras tanto los maestros y creadores del yoga indio vieron el cuerpo energético como supremo nexo causal, y los acupuntores chinos descubrieron un sistema para actuar con fines regularizadores y equilibradores sobre ese cuerpo energético obteniendo grandes éxitos.
En definitiva, la Medicina occidental, el yoga y la acupuntura representan con sus distintas teorías otros tantos aspectos de la investigación sobre un mismo objeto, concretamente el hombre. Pero esas facetas diversificadas originan métodos no menos diversificados para abordar las enfermedades. Dicho con otras palabras: la medicina académica y la curación «psi» afrontan la enfermedad en planos diferentes, la medicina académica sobre el campo de acción y la para- medicina sobre el causal. No por ello debe desacreditarse a la medicina académica, sino más bien mostrar algún medio practicable para la coexistencia fructífera de ambos sistemas. Por ejemplo, la acupuntura situada entre medicina académica y curación «psi» fracasará con las enfermedades orgánicas en fase avanzada, puesto que ella ataca los esquemas energéticos causales del cuerpo, pero por lo general no puede poner remedio a la progresiva degeneración de células y tejidos. Podría ser el método ideal para prevenir las dolencias graves. Por tanto, podrá prestar ayuda raras veces cuando algo esté ya destruido. Así pues, la medicina académica occidental deberá intentar por su parte paliar los padecimientos remplazando tejidos y órganos deficientes o extirpando con el escalpelo partes enfermas irremediablemente in-servibles. Entre los filipinos encontramos una forma muy distinta de curación paranormal. A semejanza de los acupuntores, estos facultativos concentran su intervención en el cuerpo energético causal, pero rebasan largamente el área de la acupuntura e invaden algunas veces el campo de acción inherente a nuestra Medicina occidental y, por cierto, con impresionantes actuaciones paranormales.
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