SALUD Y NATURISMO VEGETARIANO
Blog colaborador de la Sociedad Vegetariana Naturista de Valencia (España)


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El menospreciado Campo de Fuerzas del hombre

La teoría sobre el biocampo o cuerpo energético dentro y alrededor del
hombre parece confirmar una arcaica tesis mantenida por antiquísimos
filósofos del Extremo Oriente e indios, recogida por los teósofos y
místicos del Occidente y representada en nuestro siglo por la
antroposofía. Nos referimos a la hipótesis de que el hombre y
cualquier otro ser viviente poseen junto al cuerpo físico ordinario
otro denominado astral. Muchos autores prefieren llamarlo cuerpo
fluidal; asimismo solemos leer expresiones tales como cuerpo
fantasmal, cuerpo anímico o doble sutilizado.

Este concepto que viene siendo objeto de violentas controversias hasta
los tiempos actuales, recuerda mucho las ideas expuestas en el
capítulo precedente sobre esa fuerza vital y universal de los antiguos
acupuntores chinos; por añadidura coincide con el axioma fundamental
de la doctrina india yoga, donde se afirma que el hombre no tiene sólo
un organismo físico, sino también un cuerpo «sutil» (subtle body) por
el cual fluye una energía vital de carácter universal,
denominada «prana» entre los indios. Encontramos también el concepto
de un segundo cuerpo mucho más «etéreo» en el ser humano entre los
antiguos egipcios de hace cinco mil años; asimismo lo sustentan los
monjes tibetanos y casi todos los chamanes y hechiceros pertenecientes
a pueblos primitivos de todos los continentes. Al parecer, de ese
cuerpo astral parte una irradiación la cual constituye el aura que
rodea a todos los organismos vivientes, incluidas las plantas.

Moisés y los profetas y santos del cristianismo han sido representados
desde muy antiguo con una corona luminiscente alrededor de la cabeza
cuya luminosidad aumentaba visiblemente en los momentos de éxtasis al
decir de las gentes. También se ha representado a Cristo no raras
veces con el cuerpo envuelto por completo en una nube luminosa.

El médico y magnetizador ya citado Franz Anton Mesmer hizo suyo este
fenómeno hace doscientos años. Afirmó que todas las cosas vivientes
emiten un fluido luminoso, y relacionó esa manifestación con
su «magnetismo animal». El mundo científico rechazó los asertos de
Mesmer, y por cierto, fundándose en una investigación del tema
realizada por la Academia de Ciencias de París hacia fines del siglo
XVIII. Fue esa misma Academia la que pocos años después hiciera
constar respecto al debate sobre meteoritos que «las piedras no podían
caer del cielo», y la que más tarde denominara truco a la imitación de
la voz humana mediante una máquina parlante, el fonógrafo.

Durante el pasado siglo el investigador naturalista de Stuttgart,
barón Karl von Reichenbach, analizó minuciosamente el fenómeno de una
irradiación emitida por el cuerpo humano. Hasta entonces la vida de
Reichenbach había estado jalonada de éxitos científicos, pues el
hombre conocía las ciencias naturales con una profundidad pasmosa para
su tiempo. A lo largo de veinte años experimentó con unas quinientas
personas sensitivas. Entre otras cosas retuvo a sus personas testigo
durante largos períodos -algunas veces varias horas- en los
subterráneos totalmente oscuros de su castillo de Reisenberg cerca de
Viena para hacerles adaptar sus ojos a las tinieblas hasta percibir
una tenue luminosidad. Entonces, aquellas personas sénsitivas
empezaron a distinguir una irradiación luminosa que emitían los
presentes. Reichenbach la denominó «od». Según manifestaron las
personas testigo de Reichenbach, toda superficie de piel al
descubierto irradiaba una luz blanquecina en plena oscuridad. Ese
color se tornaba rojizo e incluso rojo cuando el individuo estaba
enfermo o a punto de -contraer una enfermedad. Al parecer, los
hipersensitivos tenían aún mayor capacidad para diferenciar los
colores, y distinguían entre los colores fundamentales azul, amarillo
y rojo diversos matices verdosos y anaranjados, rojizos y violados.

Reichenbach creyó haber demostrado -coincidiendo así totalmente con
las opiniones de Mesmer- que esa «od» era transferible a otros cuerpos
y que para ello muchas veces no resultaba siquiera necesario un
contacto directo. Tales afirmaciones han sido reforzadas por numerosos
curanderos espirituales y otros médiums de nuestro tiempo, y asimismo
por los parapsicólogos soviéticos y checos con investigaciones más
modernas de sorprendentes resultados.

En Estados Unidos se distingue especialmente, entre otros
investigadores de los experimentos Reichenbach, la doctora Shafica
Karagulla. Esta científica de origen turco ha adquirido gran
experiencia neuropsiquiátrica en cuatro países y hoy preside
la «Higher Sense Perception Research Foundation» en Beverly Hills,
California, una fundación dedicada a investigar los fenómenos «psi» y
los problemas de la genialidad. Además, la doctora Karagulla trabaja
con una aguda sensitividad que percibe el «aura»; asimismo ve el
cuerpo energético que, según lo estima ella, impregna el cuerpo físico
ordinario como un tejido resplandeciente de relampagueos y rayos
luminosos. Mediante numerosos experimentos rigurosamente supervisados,
se verificó y con-firmó una serie de aquellos otros experimentos
llevados a cabo por Reichenbach en el pasado siglo.

Sin embargo, hace ciento tres años los colegas científicos de
Reichenbach no quisieron darle beligerancia. El prestigioso fisiólogo
berlinés Emil Du Bois-Reymond describió su investigación de la «od»
cual «una madeja de lamentables errores como jamás los haya concebido
la mente humana, puras fábulas sólo buenas para quemar como novelas
rancias o productos de brujería». Por su parte, el anatomista y
zoólogo ginebrino Karl Vogt denominó a la «od» de Reichenbach «una
insensatez resultante de una creciente excitación nerviosa».

Desde tiempos remotos vienen apareciendo por todos los continentes
diversos informes sobre la capacidad de individuos excepcional-mente
sensitivos que perciben el aura de la materia viviente; y conviene
tomar con seriedad las declaraciones formuladas independientemente por
muchas personas sensitivas que jamás han establecido contacto directo
o indirecto entre sí, porque todas ellas coinciden en los puntos de
importancia fundamental. Y esto no sólo es aplicable al aura, sino
también a cuanto se relaciona con el cuerpo energético. Parece
bastante seguro que aquí intervengan las apreciaciones de fenómenos
auténticos, pues el hecho de que se acumulen casualmente mediante
meras alucinaciones unas coincidencias semejantes en personas tan
distintas entre sí y procedentes de muy diversas esferas culturales
contradice por completo las leyes de la probabilidad.
El aura desempeña a menudo un papel preponderante en la curación «psi»
y las operaciones paranormales. Muchos sensitivos pueden extraer
conclusiones de ella para favorecer la salud y disposición anímica del
interesado. La americana Olga Worral y Sigrun Seutemann son médiums
del diagnóstico; reconocen por el aura muchas dolencias, lo hacen
directamente sin recurrir a medios técnicos. Esto sólo requiere de
ellas cierta concentración y una conmutación de sus funciones
perceptivas. Ambas opinan también que verdaderamente no ven con sus
ojos físicos las irradiaciones aurales del individuo -aun cuando
necesiten al principio la vista ordinaria-, sino que esa percepción
directa tiene lugar por mediación del biocampo. A decir verdad, Olga
Worral ha conseguido hace poco tiempo cerrar incluso los ojos físicos
y «ver», sin embargo, las auras de los seres humanos con todo detalle,
así como sus variaciones.

Gordon Turner, curandero inglés, ha proporcionada interesantes datos
sobre ciertos conocimientos adicionales derivables del aura. A su
entender, el aura es una manifestación dinámica que está en constante
movimiento y reacciona ante influencias ambientales, emociones y
enfermedades del cuerpo, expresándose mediante variaciones de color e
intensidad, forma y magnitud.

Por añadidura, según Turner, la edad y la experiencia modifican el
aura. Así, la de un niño pequeño es más sencilla y sólo visible junto
al cuerpo. El aura de un nonato puede verse ya seis meses antes de su
nacimiento dentro del aura materna. Presuntamente, los animales 
tienen un aura similar a la humana, pero menos compleja y
diversificada, es decir comparable a la del niño pequeño. Cuanto más
desciende el animal en la escala de la evolución filogenética, tanto
más simple será su aura. No obstante, entre los animales se observa
también algunas veces una considerable diferenciación. En el aura de
los rebaños parece reflejarse el instinto gregario; los campos aurales
individuales se ordenan para formar un gran campo aural que abarca a
todo el  grupo: No sería incorrecto, pues, hablar de un aura colectiva.


En los organismos pertenecientes a los últimos escalones las auras de
todos los individuos son idénticas, no se evidencia ningún rasgo
individual, es decir perceptible para los sensitivos. Las excepciones
se dan únicamente cuando enferma un animal, en cuyo caso «el aura
adquiere un color parduzco y se ciñe al cuerpo», según afirma Turner.
No raras veces ocurre que tales animales se apartan del grupo cuando
no los expulsan sus propios congéneres; tal vez esto último es una
especie de inteligencia colectiva para preservar a todo el grupo del
contagio, lo cual tiene cierta analogía con el comportamiento de las
personas sanas frente a los leprosos en la Edad Media.

Entre los animales superiores se dan variaciones del aura individual.
Hay animales más inteligentes que sus congéneres y ello se manifiesta
en el aura. Ahí la influencia ambiental representa también un
importante papel. Por ejemplo -siempre según Gordon Turner- el aura de
los animales domésticos deja entrever más rasgos individuales que la
de los salvajes. É1 lo ejemplifica con sus observaciones de los loros:
un loro encerrado a solas en una angosta pajarera tenía un aura
grisácea muy débil. Tan pronto como se le trasladaba a una jaula
colectiva su aura se tornaba azulada y se ampliaba, lo cual podía
interpretarse como una señal de creciente actividad anímica, una
prueba de que el animal se sentía mejor cuando estaba acompañada. El
favorito mimado de una familia muy aficionada a los animales tenía una
potente aura azul extremadamente dilatada. Sin embargo, otro mostraba
un aura de color muy distinto; este animal había cultivado una
inteligencia excepcional.

Las verificaciones -del curandero e investigador Turner parecen
revestir sumo interés en relación con muchos problemas de nuestra
psicología práctica porque se las puede parangonar con los resultados
empíricos de la psicología moderna y la psicología social. Si se
transfiere esto a la psique humana resulta fácil conjeturar cuánto
variará el desarrollo de un niño a quien se le ofrezcan estas tres
alternativas: crecer en un hogar feliz, proceder de un medio asocial o
educarse en un hogar de infancia.
A1 tratar de la telepatía ya hemos indicado que el hombre que forma
parte del grupo («animal gregario») se diferencia psíquicamente del
mismo hombre como individuo aislado. Cuando se reúnen varios seres
humanos animados por idénticas emociones se hace perceptible para los
sensitivos un aura que envuelve a todo el grupo, bien sea el auditorio
de un concierto o de un acto religioso, la asistencia masiva a una
sesión «beat» o las demostraciones políticas de extremistas fanáticos.
La hipótesis del campo aural haría absolutamente plausible la
comunicación telepática dentro de un grupo; desde este punto de vista,
el comportamiento simultáneo de enjambres y bandadas de pájaros o
peces sería también sumamente revelador. Pero en estas páginas no es
posible, ni mucho menos, sondear el pleno significado de semejante
hipótesis. Mediante ella la imagen del hombre se extiende a los más
diversos planos de la existencia humana y nos descubre aspectos
inéditos, presuntamente fantásticos.
Durante una curación espiritual parecen tener lugar procesos que se
reflejan en el aura, es decir si se dan ciertas circunstancias un
sensitivo puede seguir con la vista ese proceso de curación
espiritual. Así, por ejemplo, Gordon Turner afirma respecto a la
curación mediante imposición de manos que tan pronto como el curandero
coloca ambas manos sobre el paciente tiene lugar una fusión de sus dos
auras. Al cabo de algunos minutos, todos los colores existentes poco
antes quedan subordinados a un azul predominante que franquea los
límites naturales del aura y se esparce considerablemente. A1 término
del tratamiento, el sensitivo distingue todavía en el aura los colores
y señales que han localizado anteriormente la dolencia, pero todos
ellos se desvanecen con rapidez o parecen alejarse del cuerpo enfermo.
En las curaciones espontáneas y radicales el aura recobra su
coloración normal al cabo de cinco minutos. Hay otros casos donde se
perciben todavía diminutos puntos o cicatrices de longitudes
diversas... y ello persiste durante semanas, meses e incluso años
según la gravedad del trastorno.
Las declaraciones de los sensitivos sobre el aura humana difieren
entre sí, particularmente respecto a los colores observados. Esto es
comprensible si se piensa que los médiums deben reproducir una
experiencia paranormal con expresiones inteligibles para nuestros
sentidos normales. El subconsciente del médium debe traducir
las «oscilaciones» psíquicas en imágenes de color y forma cuyo
simbolismo y punto de vista estén generalizados entre nosotros. Ahí
interviene siempre cierto factor personal que asocia los distintos
conceptos abstractos con impresiones concretas diversificadas.
Generalmente la Ciencia resta toda importancia a los testimonios
fundados en las percepciones extrasensoriales del sensitivo, y se
suele alegar no sin razón la falibilidad de los propios sentidos
normales... por no decir nada de algunas contingencias fatales tales
como alucinaciones y sugestiones. A decir verdad, los testimonios de
detectores físicos son usualmente más seguros. Por consiguiente, lo
idóneo sería aplicar detectores físicos a todos esos procesos, pero
por desgracia no existen tales instrumentos todavía. Hoy día, la
amplitud denotativa de un sensitivo muy bien dotado sigue siendo
superior a todos los detectores de que disponemos. Por ello no
deberíamos desestimar las declaraciones del buen médium, máxime cuando
los científicos recurren con creciente frecuencia a otros «detectores
biológicos» en muchas investigaciones especiales cuyo objeto es casi
siempre el estudiar las formas más simples de la vida. Por tanto,
parece poco sensato y aún menos objetivo el seleccionar los fenómenos
pendientes de análisis ateniéndose a su idoneidad para el examen, tal
como dijera el médico y premio Nóbel francés Alexis Carrel: «La
importancia de un objeto analizable no debe relacionarse nunca con su
mayor o menor facilidad para la investigación al nivel actual de la
técnica física demostrativa».
Por lo demás, se ha demostrado que el «detector humano» no parece ser
ni mucho menos tan inexacto como suponen numerosos científicos, sobre
todo si tenemos presente que entre los múltiples parafenómenos
sometidos a la observación humana desde remotas fechas, muchos
rechazados inicialmente por las ciencias exactas, reciben ahora en
medida creciente el consenso general. Aun cuando muchos testimonios
del médium no posean demostrabilidad científica, proporcionan sin
cesar valiosos datos. Mencionemos, entre otras, una declaración muy
orientadora de Gordon Turner sobre el fenómeno de la muerte. Él
observó en tres ocasiones la llegada de la muerte e hizo cada vez,
como vidente, las mismas apreciaciones: el aura del moribundo perdía
su color, se tornaba de un gris sucio mientras se replegaba
incesantemente hacia el cuerpo. A1 propio tiempo, Turner percibió una
forma fluctuante perfilada como el cuerpo, aunque algo mayor que se
apartaba de éste y, ascendiendo aproximadamente un metro, flotaba
estática sobre él. Turner tomó esa forma por lo que se llama organismo
astral o bien cuerpo energético según la denominan muchos
investigadores modernos. Tras una peculiar irisación que parecía
invadir toda la estancia, las auras y los presuntos cuerpos
energéticos se desvanecían. En esas tres ocasiones, el fenómeno duró
entre quince minutos y tres horas.

En nuestra civilización, una gran mayoría de personas continúan
rechazando y satirizando el concepto sobre una supervivencia anímica y
mental de la muerte física, idea que se remonta a los albores de la
Humanidad. Muchos interpretan tal creencia como una expresión
compensadora de la angustia vital, pero desconocen la inmensa cantidad
de documentos fiables sobre ese tema aportados en el curso de los
últimos cien años, en parte por eminentes investigadores muy
escépticos de quienes no cabe sospechar la menor tendencia
sutilizadora. El americano Arthur Ford, teólogo, psicólogo y médium a
un tiempo, causó gran sensación con la reseña y el análisis de
sus «contactos sobrenaturales» mediúmnicos que recopila en una obra
titulada "Informe sobre la vida después de la muerte". Desde luego, no
se ha demostrado científicamente hasta ahora la existencia de un
cuerpo astral que sobreviva al cuerpo físico y, por ende, implique una
vida ulterior de nuestro ser anímico o mental; pero es un craso error
dar por supuesto todo cuanto demuestre lo contrario. Wernher von Braun
dice al respecto: «La Ciencia ha verificado que nada puede desaparecer
sin dejar rastro. La Naturaleza no sabe de aniquilamiento, sólo de
transformación. Todo -cuanto me ha enseñado y sigue enseñando la
Ciencia fortalece mi creencia en "una prolongación de nuestra
existencia mental allende la muerte».

Análogamente se manifiesta Hermann Oberth, padre del viaje espacial en
Alemania.

No sigamos adelante sin reseñar un hecho curioso: varios médiums creen
a ciencia cierta que el cuerpo astral no se separa solamente del
cuerpo físico cuando llega la muerte, sino que en algunas
circunstancias puede desligarse durante algún tiempo sin que por ello
haya de morir el interesado. Algunas almas imaginativas narran
fantásticas historias sobre la llamada migración astral. Esos
fenómenos tan interesantes sufren descrédito a menudo en boca de
gentes sin discernimiento que confunden no raras veces las
mistificaciones con los fenómenos auténticos.

Sea como fuere, existen muchos informes fidedignos y coincidentes en
varios puntos trascendentales, informes presentados por personas
serias y de mente clara que hallándose en situaciones anómalas, como
enfermedades u operaciones con riesgo de muerte, tuvieron una
experiencia asombrosa mientras conservaban pleno conocimiento: se
encontraron fuera de su cuerpo. Más tarde aseguraron haberse visto
ante sí mismas. Vieron su propio cuerpo sobre la mesa de operaciones y
para probarlo expusieron pormenores que les hubiera sido imposible
captar en la posición decúbito supino, y cuya veracidad se pudo
comprobar después hasta el último detalle en muchos casos.

Desde lejanas fechas se ha dicho con frecuencia de los yoguis indios y
los lamas tibetanos que poseen facultades para suscitar la disociación
pasajera de su cuerpo astral y asistir conscientemente al
acontecimiento. En Occidente se suele conceptuar semejantes informes
como una superstición de pueblos pertenecientes a esferas culturales
inferiores y, por tanto, no se los ha investigado con seriedad. Pero
ahora se manifiestan también esas dotes espirituales en el mundo
occidental, aunque de forma esporádica. Un caso sensacional es el del
americano Robert Monroe, especialista en electrónica. Parece ser
cierto que Monroe posee facultades para transportar su conciencia a
lugares distantes pero no sólo como lo haría un ilusionista, sino de
tal modo que al propio tiempo ve personas y sucesos acontecidos allí,
y aunque los seres «normales» de aquellos lugares no perciban su
presencia ésta sí resulta perceptible para los videntes. Según se
afirma, los ensayos científicos realizados en las condiciones de la
prueba han dado resultados positivos.

Otro caso similar es el del artista americano Ingo Swann. Le examinó
una representante de la «American Society Psychical Research» para
comprobar sus excepcionales capacidades paranormales. Ingo Swann tomó
asiento en una habitación oscurecida y se le aplicaron diversos
instrumentos electrofisiológicos. Entonces se le encomendó la misión
de «abandonar su cuerpo» y escudriñar objetos que no podía ver
materialmente en aquella posición. Tras esas «excursiones», Ingo Swann
describió con suma precisión los objetos examinados, y por cierto
desde el ángulo visual que le pareció preferible durante su estado out
of the body (fuera del cuerpo). El médium los describió y, además,
hizo varios bosquejos que fueron valorados por una psicóloga mediante
el método blind-judging. Todos los experimentos siguieron un curso
positivo. Las probabilidades de que el resultado pudiera obedecer a la
casualidad fueron aproximadamente de 1:40.000. No menos fantástica fue
la facultad de Ingo Swann para examinar -en el estado out of the body-
un aparato electrónico enterrado bajo tierra y hacer después un
esquema exacto de su mecanismo. Los informes sobre semejantes
prodigios activan la imaginación induciéndola a hacer peligrosas
especulaciones. Se cree ver grandes secretos conservados celosamente
en cámaras acorazadas inaccesibles para el profano. Quizá se debiera
reservar las actuaciones paranormales de esa especie para una
Humanidad más madura; porque el abuso de tales fuerzas podría acarrear
consecuencias imprevisibles.

Actualmente los parainvestigadores sustentan todavía opiniones muy
diversas. Pero el determinar si Ingo Swann puede «abandonar» realmente
su cuerpo o si su campo de fuerza y perceptividad mentales puede
exteriorizarse fuera del cuerpo o si se trata «tan sólo» de
clarividencia -según muchos analistas-, será un debate infructuoso
mientras no sepamos cuál es el origen de la clarividencia. En el
Congreso de parapsicólogos celebrado en Hot Springs (Arkansas) el año
1972, los médicos americanos me hicieron saber su opinión: a su
entender, el biocampo del cuerpo humano a alguna de sus partes puede
abandonar temporalmente el organismo físico y también sobrevivir a la
muerte por lo menos durante algún tiempo; asimismo, la verdadera
morada de nuestra sensibilidad no parece ser el cuerpo con cerebro y
sistema nervioso, sino el cuerpo energético al cual está subordinado
el físico.

Otra forma extrema de esa presunta disociación en cuyo transcurso la
parte disociada resulta visible incluso para varias personas, es la
bilocación que, combinada con inexplicables acciones curativas, se
atribuye al monje capuchino padre Pío en el monasterio Giovanni
Ratondo, cerca de una ciudad italiana meridional llamada Foggia, quien
según se dice ha sido visto simultáneamente con frecuencia en dos
lugares muy distantes entre sí. He aquí el resumen del caso Mario D.,
de Viareggio:

En 1940, cuando nuestro protagonista contaba veinticuatro años, sufrió
un accidente de trabajo. Desviación de la columna vertebral en la
región lumbar, más la consiguiente atrofia del hueso sacro. Gracias a
un corsé de escayola se le consideró apto para trabajos ligeros hasta
que, en 1950, un esfuerzo físico excesivo le hundió definitivamente.
Resultado: parálisis total e insensibilización de las piernas. El
paciente quedó encadenado a la cama. Los especialistas consultados no
pudieron ayudarle ni formular un diagnóstico preciso. El 17 de marzo
de 1951, al cumplirse un año de enfermedad, se hizo inminente el
desenlace definitivo. Aquella tarde su mujer le llevó un libro sobre
el padre Pío y le suplicó que pidiera ayuda al monje. El paciente,
quien sentía cierta fobia contra todo religioso en general y contra
los sacerdotes en particular, exclamó sin gran convicción después de
soltar el libro:

-¡Si has hecho ya tantos milagros, ayúdame también a mí!
En ese mismo instante vio abrirse la puerta de su dormitorio. Por ella
entró un capuchino con cogulla, que se acercó al lecho y le dijo: -
¡Levántate! ¡Ya no tienes nada!

Entonces Mario sintió como si ocho brazos le alzaran de la cama y le
acostaran otra vez con gran delicadeza. Un momento después, el
capuchino se alejó por la puerta dejando un aroma de azucenas en la
habitación. A todo esto, la esposa de Mario, quien había estado
presente en el cuarto, pero sin percibir nada salvo la extraña
conducta de su marido, creyó que éste había enloquecido cuando le vio
levantarse de pronto. A1 día siguiente, el hombre se presentó,
evidentemente curado, en su puesto de trabajo.

Cuando decidió un año después recorrer 800 km para dar las gracias al
padre Pío por el auxilio prestado, éste pareció conocer exactamente su
situación. El médico de Mario manifestó por escrito que había
mantenido bajo tratamiento al paciente durante largo tiempo para
curarle una artritis crónica progresiva con graves alteraciones en la
región sacrolumbar, pero sin observar mejoría alguna. Sin embargo, los
trastornos subjetivos habían desaparecido de improviso y no se había
producido recaída alguna hasta la fecha presente. Él no podía
explicarse una remisión tan súbita como la experimentada por aquel
paciente.

El profesor Hans Bender creyó poder explicar tan extraño caso mediante
los efectos de la expectación, la alucinación y la telepatía, pero sin
excluir definitivamente la «teoría de una excursión anímica». Al
parecer, aquí nos hallamos ante un parafenómeno vinculado a un proceso
curativo, cosa bastante frecuente en el padre Pío en esa forma u otra
parecida; lo cual, relacionado con las consideraciones precedentes,
como el caso de Robert Monroe, debería hacernos reflexionar alguna que
otra vez.
A este respecto hay otros muchos fenómenos que no encajan en nuestro
marco conceptual científico con sus ideas acuñadas sobre el conjunto
cerebro-sistema nervioso como único instrumento de la percepción.
Entre ellos figuran las manifestaciones de la llamada transposición de
los sentidos que, aun siendo relativamente infrecuente, representa un
testimonio seguro sobre el cual se informa una vez tras otra. Hacia
principios del pasado siglo, el médico francés Pétetin observó ya que
en algunos pacientes suyos los sentidos externos tales como vista,
oído y olfato ocupaban lugares desusados del cuerpo.

El célebre médico y psicólogo italiano Cesare Lombroso tenía una
paciente cuyo sentido del olfato «vagabundeaba». Si le ponía amoníaco
bajo la nariz, ella no reaccionaba en absoluto. Pero cualquier otra
sustancia mucho menos olorosa causaba una fuerte reacción cuando
alguien se la colocaba bajo la barbilla. Así pues, el mentón se había
convertido en alojamiento del olfato..., y con el tiempo se fue
desplazando hasta alcanzar los pies. Durante el pasado siglo el doctor
Angona asistió en Carmagnola (provincia de Turín) a una joven
sonámbula que cuando se hallaba en ese estado podía reconocer las
monedas que le aplicaban sobre el cuello y percibir con las palmas de
las manos cualquier olor. Más tarde, la vista y el oído se trasladaron
poco a poco hacia la pared abdominal.

Evidentemente dichos fenómenos perturban nuestro concepto de los
procesos en las percepciones sensoriales; pues normalmente se «ve» con
los ojos, y desde éstos el correspondiente estímulo se desliza hacia
el cerebro, donde se le percibe y se presencia el objeto visto. Ahora
bien, si fuera cierto el criterio de los antiguos ocultistas -quienes
creían que las sensaciones tienen lugar en el cuerpo astral, es decir
detrás del cerebro hasta cierto punto-, el camino ordinario sería
aquel seguido por la señal que llega hasta el cerebro y debe ser
retransmitida al cuerpo astral o energético para que se la pueda
sentir y experimentar. Junto a ese camino normal hay otra vía
paranormal -si se dan ciertas circunstancias- en donde el cuerpo
energético sería también «cuerpo perceptivo» relativamente y
utilizaría otros «puntos de contacto» para percibir las cosas.

La conexión entre cuerpo energético y cuerpo físico es con toda
probabilidad muy compleja. Aquí no parece existir solamente un nexo
pasando por el cerebro, pues diversos indicios parecen señalar que la
comunicación de ambos sistemas se extiende por todo el cuerpo y
traspasa asimismo los centros de acupuntura. Cuando la hayamos
investigado podremos entender mejor quizás el enigma de la acupuntura
anestésica.

Sea como fuere, nosotros debemos ir habituándonos a esta idea: un
análisis científico racional del sistema llamado «cuerpo humano» sin
ocultación de los hechos y fenómenos normales y paranormales conocidos
sobradamente hoy día, conduce a un modelo humano mucho más complicado
e ininteligible para la mente intelectiva de lo que han establecido
hasta ahora con sus trabajos la Medicina y la Biología científicas.
A quien le parezca disparatada este razonamiento inicial para explicar
tales fenómenos, puede proponer otro más razonable. Pero en ningún
caso se conseguirá resolver este problema mientras se la siga
desestimando. Muchos científicos soviéticos procuran no evadir las
manifestaciones incómodas, sino más bien investigarlas con acrecentado
interés. Así, por ejemplo, comprobaron en 1962 que Rosa Kuleschova,
una joven de 20 años, podía reconocer los colores con las yemas de los
dedos. Una investigación mantenida durante seis semanas en la clínica
psiquiátrica de Sverdlovsk demostró que la muchacha «sentía» también
los colores ocultos tras un cartón, y podía «reconocer» los colores
cubiertos con vidrio, celofán y otras materias. Así pues, fue preciso
descartar las ínfimas diferencias de estructura o los leves cambios de
temperatura en los diversos colores que pudieran haberle servido de
orientación gracias a un tacto excepcional. La objeción de que
esa «vista sin ojos» obedece a un síntoma enormemente raro no nos
permite avanzar ni un paso hacia la solución del problema: ¿dónde
tiene lugar, en definitiva, nuestra «vivencia» de las cosas? Aquí sólo
parece seguro que el desciframiento de todos esos procesos, el cuerpo
energético o biocampo, reviste una importancia primordial. Ese
biocampo y la energía emitida por él son también sin duda unas
magnitudes determinativas en las curaciones paranormales.

Si se aceptara el cuerpo energético como origen de los procesos
paranormales, se proporcionaría una base científica más concreta a
muchas manifestaciones definidas hasta ahora como puramente para
psicológicas. Pues ciertas expresiones -por ejemplo, «sondeo del
subconsciente» o «contacto con la subconsciencia de otra persona»- tan
utilizadas por los parapsicólogos, son quizá valiosas y satisfactorias
cual conceptos filosóficos y psicológicos, pero no satisfacen al
pensamiento científico. Sin embargo, la «transposición de un biocampo
a otra» podría ser un concepto científico revelador, aunque como ya se
ha dicho aquí, en la persecución del cuerpo energético o biocampo será
inevitable o poco menos el dar por supuesta una forma fundamental e
inédita de energía.

Según la opinión inamovible de muchos psicólogos, numerosos indicios
señalan la presencia de algo así como un cuerpo energético, pero la
Ciencia no lo necesita. Dudamos mucho de que semejante criterio sea
provechoso para el progreso científico; porque al fin y al cabo aquí
interesa averiguar si existe el cuerpo energético, pero no si es
necesario o innecesario para la Ciencia. En 1913, el filósofo francés
Henri Bergsan dijo que nadie debería asombrarse de que un científico
se aferre a su método como un obrero a su herramienta. Él le rinde
homenaje por lo que representa... cualesquiera sean sus rendimientos.
Y eso no ha cambiado ni un ápice hasta la fecha. Hoy, tal como antes,
el científico debe guardarse mucho de ver un fin supremo en su método
y raciocinio profesionales, siempre y cuando se proponga sinceramente
acercarse a la verdad.

Si el cuerpo energético o biocampo resulta ser algo que se desprende
del cuerpo y puede sobrevivirle, entonces la cuestión parecerá
revestir más importancia que una mera manifestación secundaria -de los
procesos biológicos.

Según tenemos entendido, muchos investigadores soviéticos y checos
tienden a opinar que el cuerpo energético es la parte predominante y
organizadora del ser humano. Las enfermedades,
dicen ellos, se dejan sentir primeramente en los desequilibrios del
cuerpo energético, y a partir de ahí se extienden por todo el cuerpo
físico. Así pues, el cuerpo material representa el campo de acción y
no el campo causal, lo cual ha sido reconocido hasta ahora por una
gran mayoría de científicos y en lo sucesivo tendrá aún más aceptación
si cabe.

De ahí se debería inferir que en un tratamiento médico no sólo es
preciso combatir los trastornos del cuerpo físico, sino eliminar
también las causas cuyo origen es el cuerpo energético -u otra
autoridad suprema todavía por descubrir-, pues de lo contrario cabe
esperar que la curación no sea duradera. Si consideramos los
incontables medicamentos utilizados hoy día, veremos que todos ellos
representan otros tantos ataques contra las acciones, aunque se
elimine raras veces la causa. Cada tipo de terapia sustitutiva se
dirige contra las acciones, con lo cual no queremos significar que sea
injustificada. Sin embargo, el método idóneo sería atacar a una
enfermedad en su fase inicial sobre el campo causal y no tratar las
acciones y los síntomas flagrantes en su fase postrera.

La Medicina occidental comenzó con la. disección del cuerpo humano e
hizo grandes progresos en ese sentido. Escrutó el organismo humano en
todas las direcciones concebibles. Pero mientras tanto los maestros y
creadores del yoga indio vieron el cuerpo energético como supremo nexo
causal, y los acupuntores chinos descubrieron un sistema para actuar
con fines regularizadores y equilibradores sobre ese cuerpo energético
obteniendo grandes éxitos.

En definitiva, la Medicina occidental, el yoga y la acupuntura
representan con sus distintas teorías otros tantos aspectos de la
investigación sobre un mismo objeto, concretamente el hombre. Pero
esas facetas diversificadas originan métodos no menos diversificados
para abordar las enfermedades. Dicho con otras palabras: la medicina
académica y la curación «psi» afrontan la enfermedad en planos
diferentes, la medicina académica sobre el campo de acción y la para-
medicina sobre el causal. No por ello debe desacreditarse a la
medicina académica, sino más bien mostrar algún medio practicable para
la coexistencia fructífera de ambos sistemas. Por ejemplo, la
acupuntura situada entre medicina académica y curación «psi» fracasará
con las enfermedades orgánicas en fase avanzada, puesto que ella ataca
los esquemas energéticos causales del cuerpo, pero por lo general no
puede poner remedio a la progresiva degeneración de células y tejidos.
Podría ser el método ideal para prevenir las dolencias graves. Por
tanto, podrá prestar ayuda raras veces cuando algo esté ya destruido.
Así pues, la medicina académica occidental deberá intentar por su
parte paliar los padecimientos remplazando tejidos y órganos
deficientes o extirpando con el escalpelo partes enfermas
irremediablemente in-servibles.
Entre los filipinos encontramos una forma muy distinta de curación
paranormal. A semejanza de los acupuntores, estos facultativos
concentran su intervención en el cuerpo energético causal, pero
rebasan largamente el área de la acupuntura e invaden algunas veces el
campo de acción inherente a nuestra Medicina occidental y, por cierto,
con impresionantes actuaciones paranormales.

Por Alfred Stelter, del libro "Curación Psí" - 15 de Noviembre, 2007, 16:06, Categoría: ESPIRITUALIDAD
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