SALUD Y NATURISMO VEGETARIANO
Blog colaborador de la Sociedad Vegetariana Naturista de Valencia (España)


Inicio


Acerca de
Suscríbete al blog

   
Categorías
CIENCIA Y TECNOLOGÍA [16] Sindicar categoría
ECOLOGÍA [2] Sindicar categoría
ENFERMEDADES [4] Sindicar categoría
ESPIRITUALIDAD [11] Sindicar categoría
FILOSOFÍA [4] Sindicar categoría
HISTORIA [3] Sindicar categoría
MASCOTAS Y ANIMALES [3] Sindicar categoría
MEDICINA Y FARMACIA [3] Sindicar categoría
SALUD POR LA NATURALEZA [4] Sindicar categoría

Archivos
Octubre 2008 [3]
Marzo 2008 [3]
Febrero 2008 [7]
Diciembre 2007 [3]
Noviembre 2007 [24]
Octubre 2007 [10]

Sindicación (RSS)
Artículos
Comentarios

 


LA CONCIENCIA DE GAIA

¿Existe una conciencia colectiva incipiente que conecta el psiquismo de
todos los individuos? ¿Incluye esta red psicoespiritual al resto de los
seres vivos? ¿O lo que en realidad estamos detectando es el nacimiento
de una mente planetaria que se corresponde con ese superorganismo que
sería la Tierra?



Carl G. Jung lo propuso como teoría científica de lo que llamó
«psicología profunda»: más allá de la conciencia y del inconsciente
individual, todos compartiríamos una misma mente, el inconsciente colectivo.

Esta hipótesis nació de la interpretación de un sueño que, en una
cultura precientífica, hubiese sido percibido como revelación. En ese
sueño, Jung exploraba una casa (mente personal), descendiendo desde la
planta alta (conciencia), hasta el sótano (inconsciente individual),
donde descubría una trampilla.

Debajo había un subterráneo de aspecto muy arcaico que se extendía más
allá de los límites de la casa: un subsuelo compartido por todos los
individuos.El idioma a través del cual ese psiquismo haría llegar sus
mensajes a la conciencia serían los símbolos, sustentados por formas
autónomas y universales de representación, que Jung denominó arquetipos.

Según él, éstos no cambian con las épocas y las culturas. A diferencia
de la conciencia individual, el inconsciente colectivo sería inmortal y
atesoraría toda la experiencia viviente.

Esta teoría es la forma en que nuestra cultura científica describe una
entidad, captada intuitivamente por los hombres de las culturas
anteriores, a la cual se han dado los más diversos nombres.

Registro akásico, anima mundi o éter reflectante, entre otros, sólo son
distintas maneras de denominar lo mismo: una memoria planetaria o
cósmica que registraría la experiencia del colectivo viviente.
Pero, ¿sólo la memoria? Evidentemente, no. Dicha entidad responde a las
preguntas y nos hace llegar mensajes inesperados.

No sólo opera como un sustento básico del psiquismo personal, sino que
también incluye una dimensión superconsciente. En tanto origen, equivale
a Alfa, pero como ente que también conoce el futuro también es Omega.
Si Jung advirtió este hecho -e incluso se preguntó si lo que él, como
científico, llamaba inconsciente colectivo no sería lo mismo que desde
la experiencia mística otros llamaban Dios-, el jesuita Teilhard de
Chardin lo convirtió en una teoría creacionista de la evolución.

Según su propuesta, a lo largo del tiempo el mundo pasaría por tres
grandes fases: litosfera (formación del soporte mineral), biosfera (el
fenómeno de la vida) y noosfera (progresiva evolución de las conciencias
hasta articular una única mente planetaria).

Por lo tanto, la aventura del Cosmos consistiría en un viaje que va
desde el Alfa hasta el Omega. La telepatía y otras facultades
paranormales serían manifestaciones incipientes de la progresiva
formación de esa supermente, recientemente vislumbrada por los
investigadores del Proyecto Conciencia Global (PCG), antes citado.


MÁS QUE HUMANA

Sin embargo, cabe preguntarse si no estamos atribuyendo al psiquismo
humano un protagonismo desmesurado.

En último término, esa supuesta conciencia global incipiente, que parece
expresarse induciendo la aparición de un patrón en la serie aleatoria de
números generada por el ordenador del PCG, también podría obedecer a la
incidencia del psiquismo animal, o incluso al de la propia Gaia.
Peter Westbroek (Universidad de Leiden, Holanda) piensa que nuestro
planeta podría estar dotado de conciencia. Ésta interconectaría a todos
los seres vivos y permitiría el acceso a la información compartida, que
también podría estar almacenada en el estrato mineral de la Tierra
(litosfera).

No cabe duda de que existe alguna base para esta presunción. Las
alteraciones producidas en la serie aleatoria del PCG por el tsunami
asiático del 26 de diciembre de 2004 -y que los animales advirtieron
antes que los humanos- se iniciaron con un día de antelación al
cataclismo, bastante antes que las generadas por los atentados del 11-S
(con cuatro horas de antelación) y que las detectadas en ocasión de la
muerte de Lady Di, que sólo comenzaron al difundirse las imágenes del
funeral.

Estos datos son coherentes con la «lógica» de una mente «más que
humana», puesto que el tsunami afectó a todas las formas de vida en una
amplia región, los atentados del 11-S únicamente conmocionaron a la
sociedad humana y la muerte de Lady Di produjo un impacto emocional
mucho más limitado, sin consecuencias relevantes.

Todo es información.

No existe forma animada o inanimada que no responda a un patrón y no
posea un código. Lo mismo que sucede con la fotografía digital de un
paisaje -traducible a un código numérico que permite reconstruirla-,
ocurre con los seres vivos (ADN) y, seguramente, también con los
diversos ecosistemas que configuran el gran entorno terrestre.
El propio nombre Uni-verso significa «un curso», «una versión» o «un
surco labrado en la tierra para sembrar» (etimología de la palabra verso).

En último término, ignoramos a qué nivel o escala se encuentra el plano
iniciador que, por irradiación y resonancia, transmite una información
que al final emerge como un patrón reconocible en la serie aleatoria de
números del PCG.

LA UNIDAD DEL MUNDO

En su novela Gaia, Isaac Asimov imaginó un escenario que recrea una fase
avanzada de esta evolución.

El planeta Gaia habría llegado a tomar conciencia plena de sí a través
de la interconexión de las mentes individuales en una sola psique
planetaria.

Cualquier habitante de dicho planeta podía acceder a toda la información
compartida por el resto de los seres vivos y a la almacenada en sus
aguas, rocas y arenas.

Sus habitantes también podían emplear esa gran red del psiquismo
colectivo para regular el ecosistema planetario. El resultado era un
clima ideal, un medio perfecto para unos seres más que humanos que
vivían en plena comunión, cada uno de ellos dotado de idéntica sabiduría
potencial, mediante el simple recurso de conectarse telepáticamente con
la mente de Gaia.

¿Ciencia ficción? Los místicos de todas las épocas expresaron idéntica
convicción, tanto en Oriente como en Occidente. Para las antiguas
cosmogonías no sólo Gea o Gaia (la Tierra) era un ente animado, sino que
existía una verdadera jerarquía cósmica de seres planetarios y
estelares, dotados de conciencia y espíritu.

La tradición esotérica recogió y transmitió esta convicción a través de
las más variadas corrientes.

El punto de partida de la Creación (Alfa) es la Unidad plena. La
aventura del Universo consiste en la desintegración de este Uno en
partes autónomas (variedad) que atesoran la memoria inconsciente de su
origen y que evolucionan, dando lugar a formas integradas cada vez más
complejas: galaxias, sistemas estelares y planetas, concebidos como
organismos superiores.

El sentido de la Creación se expresa mediante un mito recurrente. La
Caída equivale a la desintegración de la unidad. El ser cósmico -el Adan
Kadmon de la Cábala hebraica, «el Hombre Universal» de Rabindranath
Tagore, o el propio Lucifer-, culminan así su aventura, tomando
conciencia de sí mismo.

Gaia, Noosfera, Omega, son distintos nombres para designar la Unidad
superior del planeta y, en el límite, la del Cosmos entero. Así, por
ejemplo, el Hombre Zodiacal tiene su cabeza en el último signo
astrológico (Aries) y los pies en el primero (Piscis). No es una teoría
nueva. La hallamos ya en la cosmogonía del antiguo Egipto.

En el principio es Atum (Uno), que al tomar conciencia de sí se desdobla
en sujeto y objeto (Atum-Ra). Por un proceso de creciente división da
lugar a los nueve dioses de la Enéada, las deidades supremas de la
ciudad santa de Heliópolis.

En suma: la Creación consiste en la desintegración del Uno y el objetivo
de todo lo que vive es reintegrarse y fundirse nuevamente con el Uno, al
cabo de un proceso que reitera el mismo modelo mediate sucesivas
reencarnaciones. Una visión análoga la encontramos en el Hinduísmo y en
el Budismo.

Los antiguos egipcios formalizaron la idea en el simbolismo de la
pirámide: cuatro caras triangulares que ascienden desde la base y
convergen en el vértice (Sol, fuente de luz, umbral entre nuestro mundo
y el de las deidades, Alfa y Omega de la existencia humana).

La pirámide expresaba este sentido: la base cuadrada (cuatro es el
número del mundo creado), evoluciona en el triángulo ascensional (tres
es el número de la idea), hasta una síntesis final en el vértice de la
cumbre (Uno, símbolo del Dios supremo).

Milenios más tarde, analizando el idioma del inconsciente colectivo en
los sueños, Jung llegó a la conclusión de que esta «trinidad cuádruple»
es «el arquetipo de la plenitud» en el simbolismo de dicho inconsciente
colectivo.

El cosmólogo y astrofísico Fred Hoyle lo expresó con valentía a mediados
del siglo XX: existiría una «supermente controladora del Cosmos, que
dirigiría la evolución, actuando mediante señales cuánticas desde el
infinito futuro» (el punto Omega de Teilhard de Chardin).

Sus colegas rechazaron de plano su «teoría cósmica». Si no se atrevieron
a ridiculizarlo en público fue porque nadie podía discutir que Hoyle era
uno de los gigantes de la ciencia moderna.

Ahora, los resultados del Proyecto Conciencia Global (PCG) han puesto a
estos científicos reduccionistas al borde del ataque de nervios. ¿Por
qué se muestran tan desorientados los «protagonistas» y gestores de la
ciencia actual ante los resultados experimentales de este proyecto?

La respuesta la dio el Dr. Roger Nelson, investigador emérito de la
Universidad de Princeton y el verdadero impulsor del PCG: «Es algo que
todo lo hace añicos».

Sin embargo, como hemos visto, estamos ante un descubrimiento coherente
con una cosmovisión milenaria, común a todas las culturas anteriores.
De modo que, en realidad, lo único que hacen «añicos» estos resultados
es el concepto de mundo que sustenta la mayoría de los científicos
actuales, empecinados en sostener que la evolución del Cosmos y de la
vida, como la historia humana, carecen de sentido y significado.
Si como empiezan a sospechar los investigadores implicados en el PCG,
los resultados obtenidos mediante registro informático sugieren la
existencia de «una única mente subconsciente que actúa sin que nos demos
cuenta», es evidente que «al darnos cuenta» nos hallamos inmersos en el
proceso de tomar plena conciencia.

Esto no sólo resulta decisivo para corroborar la teoría, sino también
para acelerar el proceso y generar un salto cualitativo que produzca una
forma superior de vida, capaz de culminar en el modelo paradisíaco de la
Gaia imaginada por Isaac Asimov.

La Humanidad podría abandonar la historia de la necesidad para inaugurar
la historia de la libertad; enterraría la dinámica autodestructiva de la
confrontación para ingresar en una nueva era de cooperación solidaria,
incluyendo un nuevo pacto con la naturaleza y el resto de los seres
vivos; en términos tradicionales, «despertaría» al amanecer soñado por
los espíritus más evolucionados de todos los tiempos.

¿Qué se haría añicos entonces? Naturalmente, esta cultura superpredadora
en la cual «el hombre es un lobo para el hombre»: los sistemas de poder
y control de unos sobre otros, el placer de someter, humillar y derrotar
que alimenta los conflictos, la necia presunción de que la Creación y
sus criaturas son simplemente «cosas» y «recursos» al servicio del ser
humano.

Sólo tendrían motivos para lamentar semejante pérdida aquellos que, en
el Apocalipsis de San Juan, lloran sobre las ruinas de la Gran Babilonia
destruida, no por las bombas -que pertenecen al viejo mundo de la
confrontación-, sino por la luz del conocimiento y el espíritu de
cooperación: la nueva Gnosis de un mundo nuevo.

La supermente integrada nos uniría progresivamente en una red psíquica.
Y este vínculo daría pleno sentido al término religión, que viene de
re-ligio: reunir o unificar lo que hoy está separado, pero que en el
Génesis estaba unido, viviendo en armonía con el medio paradisíaco de la
primera inocencia.

Desintegración y reintegración a un nivel superior. No cabe duda de que
esta sería asimismo la dinámica de la ciencia. Todo «se haría añicos»
para construir con esas piezas un nuevo modelo que nos permitiese
reconocer y disfrutar la perfección de esa primera inocencia desde
nuestra última sabiduría, al cabo de la prodigiosa aventura de la evolución.


COOPERACIÓN Y EQUILIBRIO

La clave del cambio reside en la expansión de esta nueva conciencia. La
misma que despunta desde el inconsciente y deja constancia de su enorme
poder para modelar la realidad, hasta el extremo de forzar un nuevo
orden en el caos de la serie aleatoria de números emitidos por el
ordenador del PCG.

Si sucesos como el tsunami asiático, los atentados del 11-S y otros
acontecimientos de impacto mundial son presentidos por esa nueva
conciencia global y generan un patrón, entonces el experimento también
avala la eficacia de instrumentos como la oración, la voluntad de
generar energías benéficas o el rechazo de la violencia.

Si existe una interconexión psíquica global, todos los organismos son
parte del superorganismo que sustenta esa mente colectiva. Los tres
reinos -animal, vegetal y mineral- supondrían una jerarquía que no puede
evolucionar adecuadamente con una actitud predadora.

Así como no es sensato sacrificar el hígado o los pulmones en beneficio
del cerebro -que mal puede sobrevivir y funcionar sin un organismo
sano-, tampoco puede serlo masacrar a las otras criaturas y al planeta
con el pretexto de un «progreso» que nos ha conducido al borde del abismo.

No hay bienestar posible del «cerebro humano» de Gaia a costa de sus
pulmones (deforestación salvaje), o de la temperatura de su cuerpo
(disparada por el efecto invernadero) o del equilibrio de su flora
microbiana (destrucción de la biodiversidad).

Sobre este punto, algunos científicos han formulado una advertencia que
debe tomarse en serio.

Incluso sin aceptar que posea conciencia, como piensa Westbroek, si Gaia
es un superorganismo autorregulable y el hombre pone en peligro su
supervivencia, podría defenderse de la «infección humana», como hace
nuestro cuerpo con los microorganismos que devienen patógenos, y
aniquilar a nuestra especie para garantizar así la supervivencia de esa
biodiversidad cooperativa que constituye la biosfera terrestre.

Por lo pronto, detectamos que la Tierra padece fiebre, escalofríos
repentinos, convulsiones y peligrosos desequilibrios. Calcular cuándo
acabará el hombre con los árboles o con el agua potable al ritmo de
destrucción actual -una estimación rutinaria del tiempo que nos queda
para reaccionar, en la cual a veces incurren hasta los ecologistas- es
un despropósito suicida.

Mucho antes de que desaparezcan los últimos árboles habrá desaparecido
la Humanidad. Es ésta la que se juega su futuro, no la vida. ¿Seremos
capaces de entenderlo a tiempo?

Por Luis G. La Cruz.- Publicado en la web de la revista Año Cer - 14 de Noviembre, 2007, 18:52, Categoría: ESPIRITUALIDAD
Enlace Permanente | Referencias (0)




<<   Noviembre 2007  >>
LMMiJVSD
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30   

Enlaces
eGrupos
Escuela de Salud
Sociedad Vegetariana Naturista de Valencia
ZoomBlog

 

Blog alojado en ZoomBlog.com