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Las últimas investigaciones relacionadas con el poder de la mente demuestran que entre las madres y sus bebés se establecen vínculos que van más allá de los sentidos conocidos.
Un investigador británico está cambiando la historia de la parapsicología tras varios lustros de "silencio", durante los cuales la búsqueda del sexto sentido parece que pasaba a un segundo plano. Se trata de un bioquímico de la Universidad de Camdbridge llamado Rupert Sheldrake.
A él se deben numerosos estudios sobre la existencia de la telepatía, facultad mental que ha comprobado en varios trabajos científicos. Una de las pautas de comportamiento de esta manifestación que encontró es que la constante que "incrementa la comunicación mental, no tiene que ver con la proximidad física, sino con la vinculación emocional".
Se trata de un principio que ya habían propuesto algunos estudiosos del ramo muchos años atrás. Ya lo constató en sus experimentos el físico de la Universidad de California Charles Tart en 1981 -ver ENIGMAS núm. 121-, el mismo año en el cual el parapsicólogo Luis Fernández Briones lo demostró con una extensa exposición de episodios que otorgaban peso a la teoría.
Madre-bebé: arquetipo emocional
Lógicamente, no existe vínculo emocional más poderoso en la naturaleza humana que el que se establece entre una madre y su hijo, bien sea en el transcurso de la gestación o durante los primeros años de vida del bebé.
Quien teorizó sobre el asunto fue el inmortal psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, que afirmó que este tipo de relación es "la situación arquetípica por excelencia más sólida entre las relaciones humanas". Precisamente, son esas situaciones las que parecen más propicias para que se genere un estado de comunicación mental no basado en los cinco sentidos conocidos.
Se trata, en cambio, de un campo virgen en la investigación que ahora está intentando rellenar Sheldrake, quien ha contado con la colaboración del Active Birth Centre de Londres, un centro médico que se dedica al cuidado y seguimiento de los bebés y sus madres.
Para realizar el trabajo, Sheldrake contó con la colaboración de 97 madres que acababan de dar a luz por primera vez. Con ello quería evitar que hábitos y conductas aprendidas por madres no primerizas pudieran influir en los resultados. Se basó en una de las formas de interrelación más íntimas que existen: la lactancia a través del pecho.
Sheldrake comprobó estadísticamente que muchas madres tenían secreciones de leche en sus senos de forma repentina coincidiendo con la necesidad de los pequeños de alimentarse. Lo que el investigador británico ha podido cerciorar en un trabajo publicado hace muy pocos meses, es que esa reacción física en las madres no se debe a ninguna causa conocida, observando que un elevado porcentaje de ellas -un total del 62%, es decir, casi en dos de cada tres casos- vivían de forma recurrente este hecho.
Siguiendo las pautas de comportamiento de este tipo de fenómenos, muchas veces los casos se producían cuando existía distancia física entre madre y bebé de modo que no podía establecerse entre ellos un contacto visual. Además, también se averiguó que en un 3% de esos casos, las mujeres sufrían secreciones lácteas inesperadas coincidiendo con un momento de apuro o riesgo sufrido por el bebé. Era como si a través de ese nexo de unión, los pequeños llamaran la atención de sus madres.
Además, el estudioso británico destaca que, al menos un 11% de las madres, han sentido la llamada de sus pequeños -incluso en la distancia y con posterior comprobación- cuando éstos se encontraban en peligro.
Telepatía: ¿capacidad innata?
"Un fenómeno de tipo telepático puede provocar este tipo de conexiones mentales y reacciones físicas". Esa es la teoría de Sheldrake. Pero es que, además, el investigador ha encontrado otras pautas de comportamiento bien llamativas.
Curiosamente, las mujeres que más experimentan este tipo de sensaciones son aquellas que durante el embarazo han practicado técnicas alternativas para el cuidado físico -por ejemplo el yoga- o bien han dado a luz siguiendo procedimientos naturales como el parto bajo el agua. Y es que este tipo de acercamiento a la naturaleza está siendo potenciado por el Active Birth Center, puesto que se ha descubierto que los acontecimientos "extraordinarios" relacionados con la percepción extrasensorial -PES- decrecen en número a medida que el bebé va creciendo, como si se perdiera una capacidad innata.
Se ha comprobado además que episodios de presunta comunicación mental como los descubiertos, disminuyen hasta la mitad cuando el bebé ha cumplido seis meses de vida.
Este último hecho vendría a sostener una discutida teoría según la cual la PES es una capacidad que se pierde con el paso del tiempo y que estaría en fase de extinción.
Así pues, la aparición del habla, entre otras razones, relegarían a la "comunicación mental" a un segundo plano. Así lo aseguró en los años ochenta el investigador K.M.T. Hearne en el Journal of the Society for Phychical Research: "Es una facultad en decadencia que consiste en una señal de alarma no cognitiva que facilita la supervivencia y mediante la cual incluso puede advertirse a individuos cercanos, provocando en ellos respuestas fisiológicas inconscientes".
Lo que se ha conseguido ahora es confirmar ese planteamiento. Van aún más lejos cinco autores españoles que en 1987 publicaron un trabajo al respecto en el núm. 25 de la revista Psi Comunicación: "La edad máxima para este tipo de fenómenos son los ocho años, ya que entonces el proceso de socialización podría inhibir la aparición de una PES que no estaría consolidada".
Afinando aún más, la norteamericana Louis Rhine -esposa del padre de la parapsicología moderna, J.B. Rhine, que ya en la década de los cuarenta del pasado siglo demostró experimentalmente la existencia de la telepatía en su laboratorio de la Universidad de Duke- señala que entre los tres y los cuatro años se producen muchas experiencias parapsíquicas en los niños. Curiosamente, en ese momento es cuando se dan los episodios de "amigos invisibles".
Trasladado a los recientes descubrimientos, el objetivo sería potenciar mecanismos que aumenten la posibilidad de que se produzcan este tipo de episodios.
Los niños: más "sensibles"
La argentina Elizabeth Laborde-Nottale profundizó en este asunto en un libro titulado La Videncia y el Inconsciente -Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992-.
Se trata de un trabajo teórico elaborado en función de numerosas experiencias vividas por testigos a los que entrevistó y en el cual acuñó el término "escopema" como forma de denominar al elemento que interviene en la PES: "Es una entidad de información que está al margen del contexto espacial y temporal que asume la forma de una frase, una imagen o una sensación física y que se asocia a un afecto".
Trasladado al asunto de los bebés, la investigadora propone que la relación empática entre madre e hijo se caracteriza por la actividad de "escopemas" que permitirían advertir a la progenitora de cuándo existe un peligro para él.
Laborde-Nottale expone que, al no tener aprendida la capacidad del habla, la transmisión entre bebé-madre se refleja en forma de sensaciones físicas.
En su reciente libro Los poderes ocultos de la mente -Plaza&Janés, 2005-, Enrique de Vicente expone cómo los más pequeños parecen disponer de más facultades extrasensoriales que los adultos, argumentando que "hay numerosos casos en los que una madre sufre un impulso inexplicable, oye la voz de su hijo o incluso lo ve y corre hasta donde se está enfrentando a una sensación de peligro, justo a tiempo de evitar un accidente fatal.
Probablemente, la gran mayoría de nosotros hemos permitido que esa capacidad se apague o se debilite, quizá para ser aceptados por un sociedad que rehuye estas manifestaciones como algo anormal y nos fuerza a centrar la atención en lo práctico y material".
Así pues, si todas estas teorías están en lo cierto, las actuales iniciativas para ser conscientes de esta forma de comunicación madre-bebé y potenciarla pueden abrir las puertas a un tipo de maternidad diferente, y quién sabe si a la supervivencia de sexto sentido.
Otro estudioso que ha demostrado que esta línea es la adecuada es el Dr. Ernesto Spinelli, de la Universidad de Surrey. Recorrió guarderías y colegios intentando averiguar si los más pequeños estaban dotados de un sexto sentido.
A un niño le daba a elegir una tarjeta con un dibujo entre cinco posibilidades, al tiempo que otro compañero suyo ubicado en otra clase debía acertar cuál de las cinco tarjetas había seleccionado.
Para estimular a los niños, Spinelli fabricó con aluminio unos gorros cónicos para pensar y unos títeres de paño con los cuales debían señalar la tarjeta elegida. De este modo, los pequeños creían estar participando en un juego.
Los resultados de su trabajo fueron sorprendentes, porque encontró que los niños de tres a ocho años obtenían en el ejercicio más de un 40% de aciertos.
Para Spineli resultó indiscutible que tenían desarrollada cierta capacidad telepática que no localizó con el mismo nivel en adultos. En más, averiguó que los pequeños de tres años daban mejores resultados que los de cinco, y estos mejores que los de ocho.
Desglosando los datos, Spinelli realizó un total de 9.000 pruebas de telepatía para los diferentes grupos de edad.
Por azar, los resultados deberían haber sido del 20% de aciertos. Así, en adultos de 65 a 70 años, las pruebas dieron un 21,4% de aciertos; en personas maduras de 40 a 54 años, los aciertos se registraron en el 20,8% de los casos; en adultos de 24 a 35 años, en el 19,8%; en jóvenes de 19 a 22 años, en el 20% de los casos; en adolescentes de 14 a 17 años, los aciertos fueron del 20,1%; en púberes de 11 a 13 años, se situaron en el 19,2%; en muchachos de 8 a 10 años, subían al 21,2%; en niños de 5 a 7 años, se situaban en el 26,1%; en niños de 4 años, los aciertos fueron del 36,1%, mientras que los de 3 años alcazaban el 45,1%.
Además, el investigador afincado en el Reino Unido realizó otras averiguaciones sorprendentes. Y es que a los niños les pedía en ocasiones que, simultáneamente al ejercicio de telepatía, realizaran otra tarea.
Spinelli descubrió que cuando esta segunda tarea era de tipo emocional, los resultados no variaban pero decrecían los presuntos efectos telepáticos cuando se trataba de un ejercicio de tipo analítico y racional.
El hecho de que a medida que los niños crecen desarrollen más las actividades de este tipo podrían ser la causa -dedujo el estudioso- que explicaría la pérdida de estas potencialidades en la edad adulta.
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