SALUD Y NATURISMO VEGETARIANO
Blog colaborador de la Sociedad Vegetariana Naturista de Valencia (España)


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La Mente del Cuerpo. Relación entre las emociones y la salud

Un descubrimiento realizado en 1974 en el laboratorio de la Facultad de Medicina y Odontología de la Universidad de Rochester nos obligó a recomponer el mapa biológico que hasta aquel momento teníamos sobre el cuerpo. El psicólogo Robert Ader descubrió que, al igual que el cerebro, el sistema inmunológico también es capaz de aprender, un hallazgo ciertamente sorprendente porque el conocimiento médico imperante por aquel entonces sostenía que el cerebro y el sistema nervioso central eran los únicos capaces de adaptarse a las exigencias del medio modificando su comportamiento. El hallazgo realizado por Ader inauguró una investigación que permitió descubrir las múltiples vías de comunicación existentes entre el sistema nervioso y el sistema inmunológico, las miles de conexiones biológicas que mantienen estrechamente relacionados la mente, las emociones y el cuerpo.



En este experimento, Ader administró a varias ratas blancas una medicación -que iba acompañada de la ingesta de agua edulcorada con sacarina- que disminuía artificialmente la cantidad de leucocitos T (destinados a combatir la enfermedad). Pero Ader descubrió, no obstante, que la mera administración de agua con sacarina -sin ningún tipo, por tanto, de medicación inhibidora- seguía provocando un descenso tal del número de células que algunas ratas terminaron enfermando y muriendo. Este experimento demostró que el sistema inmunológico había aprendido a responder al agua con sacarina, algo que, según el criterio científico prevalente, carecía de todo sentido.

Según el neurocientífico Francisco Varela, de la Escuela Politécnica de Paris, el sistema inmunológico constituye el «cerebro del cuerpo», el que define su sensación de identidad, de lo que le pertenece y lo que no le pertenece.' Las células inmunológicas se desplazan por todo el cuerpo con el torrente sanguíneo, estableciendo contacto con casi todas las células del organismo y atacándolas cuando no las reconoce, cumpliendo así con la función de defendernos de los virus, las bacterias o el cáncer. Pero también puede darse el caso de que las células inmunológicas interpreten equivocadamente el mensaje de ciertas células del cuerpo y terminen ocasionando una enfermedad autoinmune, como la alergia o el lupus, por ejemplo. Hasta el día en que Ader realizó su imprevisto descubrimiento, los fisiólogos, los médicos y hasta los biólogos consideraban que el cerebro (con sus diferentes ramificaciones a través del cuerpo vía sistema nervioso central) y el sistema inmunológico eran entidades independientes y. por tanto, incapaces de influirse mutuamente. Según los conocimientos disponibles desde hacía un siglo, no existía ningún tipo de comunicación entre los centros cerebrales que controlan el sabor y aquellas regiones de la médula ósea encargadas de la fabricación de leucocitos.

En los años transcurridos desde entonces, el modesto descubrimiento realizado por Ader ha obligado a cambiar radicalmente nuestro criterio sobre las relaciones existentes entre el sistema inmunológico y el sistema nervioso central, dando origen a una nueva ciencia, la psiconeuroinmunologia (o PNI), actualmente en la vanguardia de la medicina. El mismo nombre de esta nueva ciencia da cuenta del vinculo existente entre la «mente» (psico), el sistema neuroendocrino (neuro) -que subsume el sistema nervioso y el sistema hormonal- y el término inmunología, que se refiere, obviamente, al sistema inmunológico.

A partir de entonces, una serie de investigadores ha descubierto que los mensajeros químicos más activos, tanto en el cerebro como en el sistema inmunológico, se concentran en las regiones nerviosas encargadas del control de las emociones? David Felten, colega de Ader, nos ha proporcionado algunas de las pruebas más concluyentes a favor de la existencia de un vinculo fisiológico directo entre las emociones y el sistema inmunológico. Felten comenzó observando que las emociones tienen un efecto muy poderoso sobre el sistema nervioso autónomo (encargado, entre otras cosas, de regular la cantidad de insulina liberada en la sangre y la tensión arterial). Trabajando con su esposa Suzanne y otros colegas, Felten logró determinar el lugar concreto en el que, por decirlo así, el sistema nervioso se comunica directamente con los linfocitos y las células macrófagas del sistema inmunológico. En sus observaciones realizadas con el microscopio electrónico, Felten descubrió también la existencia de conexiones directas entre las terminaciones nerviosas del sistema nervioso autónomo y las células del sistema inmunológico. Este punto físico de contacto permite a las células nerviosas liberar los neurotransmisores que regulan la actividad de las células inmunológicas (aunque, en realidad, la comunicación se establece en ambos sentidos), un hallazgo ciertamente revolucionario porque hasta la fecha nadie había sospechado siquiera que las células del sistema inmunológico pudieran ser el blanco de mensajes procedentes del sistema nervioso.

Para determinar con mayor precisión la importancia de estas terminaciones nerviosas en el funcionamiento del sistema inmunológico, Felten dio un paso más allá y llevó a cabo diferentes experimentos con animales a los que extrajo algunos de los nervios de los nódulos linfáticos y del bazo, en donde se elaboran y almacenan las células inmunológicas, y luego les inoculó varios virus para tratar de verificar la respuesta de su sistema inmunológico. El resultado de esta investigación constató un espectacular descenso en la respuesta inmunológica frente al ataque vírico. La conclusión de Felten es que, a falta de estas terminaciones nerviosas, el sistema inmunológico es incapaz de responder como debiera ante una invasión vírica o bacteriana. Así pues, en resumen, el sistema nervioso no sólo está relacionado con el sistema inmunológico sino que cumple con un papel esencial para que éste desempeñe adecuadamente su función.

Otro factor fundamental en la relación existente entre las emociones y el sistema inmunológico está ligado a las hormonas liberadas en situaciones de estrés. Las catecolaminas (epinefrina y norepinefrina, llamadas también adrenalina y noradrenalina), el cortisol, la prolactina y los opiáceos naturales (como, por ejemplo, la-endorfina y la encefalina) son algunas de las hormonas liberadas en situaciones de tensión que tienen una gran influencia sobre las células del sistema inmunológico. Aunque las relaciones concretas existentes entre estas hormonas y el sistema inmunológico resultan muy difíciles de precisar, no cabe la menor duda de que su presencia entorpece el adecuado funcionamiento de las células inmunológicas. El estrés, por consiguiente, disminuye la resistencia inmunológica, al menos de forma provisional, tal vez como una estrategia de conservación de la energía necesaria para hacer frente a una situación que parece amenazadora para la supervivencia del individuo. Pero, en el caso de que el estrés sea intenso y prolongado, la inhibición puede terminar convirtiéndose en una condición permanente. ¿A partir del momento en que se hizo evidente la relación entre el sistema nervioso y el sistema inmunológico? los microbiólogos y otros científicos en general han seguido descubriendo cada vez más conexiones entre el cerebro, el sistema cardiovascular y el sistema inmunológico.

 

LAS EMOCIONES TOXICAS: DATOS CLINICOS

 

Pero, a pesar de tales pruebas, la inmensa mayoría de los médicos siguen mostrándose renuentes a aceptar la relevancia clínica de las emociones. Si bien es cierto que existen numerosas investigaciones que demuestran que el estrés y las emociones negativas debilitan la eficacia de distintos tipos de células inmunológicas, no siempre queda claro que su alcance establezca algún tipo de diferencia clínica.

Pero el hecho es que cada vez son más los médicos que reconocen la incidencia de las emociones en el desarrollo de la enfermedad. El doctor Camran Nezhat, eminente cirujano ginecológico de la Universidad de Stanford, afirma que «cuando una mujer a quien voy a intervenir quirúrgicamente me dice que tiene miedo, postergo de inmediato la intervención», y luego prosigue diciendo «todos los cirujanos saben que la gente muy asustada no responde adecuadamente a una intervención quirúrgica, ya que tienden a sangrar en exceso, son más propensos a las infecciones y a las complicaciones y tardan más tiempo en recuperarse. Es mucho mejor, por tanto, que el paciente se halle completamente sereno».

Es evidente que el pánico y la ansiedad aumentan la tensión arterial y que, en consecuencia, las venas dilatadas por la presión sanguínea sangran más profusamente cuando son seccionadas por el bisturí del cirujano. El sangrado excesivo -recordémoslo- constituye una de las principales complicaciones a las que se enfrenta toda intervención quirúrgica, una complicación que a veces puede terminar conduciendo hasta la misma muerte.

Pero más allá de estos datos anecdóticos cada vez es mayor la información que subraya la importancia clínica de las emociones. Es posible que los datos más convincentes al respecto procedan de un metaanálisis que revisa los resultados de 101 investigaciones llevadas a cabo con miles de personas. Este metaestudio confirma hasta qué punto resultan nocivas para la salud las emociones perturbadoras « y demuestra que las personas que sufren de ansiedad crónica, largos episodios de melancolía y pesimismo, tensión excesiva, irritación constante, y escepticismo y desconfianza extrema, son doblemente propensas a contraer enfermedades como el asma, la artritis, la jaqueca, la úlcera péptica y las enfermedades cardíacas (cada una de la cuales engloba un amplio abanico de dolencias)». Las emociones negativas son, pues, un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad, similar al tabaquismo o al colesterol en lo que concierne a las enfermedades cardíacas. En resumen, pues, las emociones negativas constituyen una seria amenaza para la salud.

Habría que matizar, por último, que la presencia de una amplia correlación estadística no significa, en modo alguno, que todas las personas que experimentan estos sentimientos crónicos terminen siendo presa de alguna de estas enfermedades, pero la evidencia del papel que desempeñan las emociones es, con mucho, más amplia de lo que nos sugiere este metaestudio. Si prestamos atención a los datos relativos a emociones concretas, especialmente a las tres principales -la ira, la ansiedad y la depresión-, no cabe la menor duda de la relevancia clínica de las emociones, aun cuando los mecanismos biológicos concretos mediante los cuales actúan todavía no hayan sido completamente elucidados.

Cuando la ira resulta suicida

Un golpe lateral en su vehículo le llevó a emprender una frustrante y estéril peregrinación. Primero tuvo que cumplimentar tediosos formularios en la compañía de seguros y, después de demostrar que la carrocería de su coche había resultado seriamente dañada y que el responsable del accidente era el conductor del otro vehículo, todavía tuvo que pagar 800 dólares. Después de aquel incidente llegó a sentirse tan mal que el simple hecho de coger el coche bastaba para enojarle. Finalmente se vio en la obligación de vender su automóvil. Años más tarde, el mero recuerdo de aquella situación bastaba para hacerle palidecer de rabia.

Este desagradable incidente forma parte de un estudio llevado a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford sobre los efectos de la irritabilidad en los pacientes aquejados de una enfermedad cardiaca. El objeto del estudio -realizado sobre sujetos que, al igual que el hombre que acabamos de mencionar, habían padecido un ataque cardíaco- era el de averiguar el impacto del enfado sobre la actividad cardiaca. El resultado fue sorprendente porque, en el mismo momento en que los pacientes relataban los incidentes que les habían hecho sentirse furiosos, la eficacia de su bombeo cardíaco (denominada también, en ocasiones, «fracción de eyección») descendió un 5% y, en algunos casos, hasta el 7% o incluso más, un indicador que los cardiólogos consideran un síntoma de isquemia del miocardio, un peligroso descenso en la cantidad de sangre que llega al corazón.

Este descenso en la eficacia del bombeo cardíaco no ha sido constatado, en cambio, en presencia de otras sensaciones perturbadoras, como la ansiedad, por ejemplo, ni tampoco durante el ejercicio físico. El enojo, pues, parece ser una de las emociones más dañinas para el corazón. Y eso que, según relataron los afectados, el recuerdo del incidente problemático no les enfurecía ni la mitad de lo que lo habían estado cuando sucedió el incidente, un dato que demuestra que, en el curso de la situación real, su corazón se hallaba mucho más afectado.

Este descubrimiento se inserta en un conjunto de pruebas mucho más amplio extraído de una docena de estudios que subrayan el efecto dañino del enfado para el corazón. El antiguo punto de vista al respecto no aceptaba fácilmente que la personalidad tipo A -la persona que siempre tiene prisa y que padece una elevada tensión sanguínea- constituye un grave factor de riesgo para las enfermedades cardíacas, pero los nuevos descubrimientos realizados al respecto demuestran hoy que la irritabilidad constituye un claro factor de riesgo.

Muchos de los datos de que disponemos sobre la irritabilidad proceden de la investigación realizada por el doctor Redford Williams de la Universidad de Duke. Por ejemplo, Williams descubrió que los médicos que obtuvieron las puntuaciones más elevadas en un test de hostilidad realizado cuando todavía eran estudiantes mostraban, alrededor de los cincuenta años, un índice de mortalidad siete veces mayor que quienes habían obtenido puntuaciones más bajas. La tendencia al enfado constituye, pues, un predictor mejor del índice de mortalidad temprana que otros factores de riesgo tales como fumar, un nivel elevado de tensión arterial o el índice de colesterol en la sangre. Por su parte, las angiografías -una operación en la que se inserta un catéter en la arteria coronaria para cuantificar sus posibles lesiones- realizadas por el doctor John Barefoot, de la Universidad de Carolina del Norte, ayudaron a demostrar la existencia de una elevada correlación entre los resultados del test de hostilidad y la gravedad de la lesión coronaria.

Con ello no estamos afirmando en modo alguno que la irritabilidad termine ocasionando una enfermedad coronaria, sino sólo que constituye un factor de riesgo más que tener en cuenta.

Como me explicó Peter Kaufman, director interino del Behavioral Medicine Branch of the National Heart. Lung, and Blood lnstitute: «aún no estamos en condiciones de afirmar rotundamente que el enfado y la hostilidad desempeñan un papel determinante en las primeras fases del desarrollo de una enfermedad coronaría, si contribuyen a intensificar el problema una vez que éste se ha manifestado o ambas cosas a la vez.» Tengamos en cuenta que cada nueva explosión de ira aumenta la frecuencia cardiaca y la tensión arterial, forzando así al corazón a un sobreesfuerzo adicional que, en el caso de repetirse asiduamente, puede terminar resultando sumamente perjudicial, especialmente si consideramos también que la fuerza del flujo sanguíneo que discurre por la arteria coronaria a cada latido en estas circunstancias «puede dar lugar a microdesgarros de los vasos sanguíneos, que favorecen el desarrollo de la placa. En el caso de las personas crónicamente enojadas, la aceleración habitual del ritmo cardíaco y la elevada presión arterial pueden terminar consolidando, en un período aproximado de treinta años, una placa arterial que contribuya a la aparición de la enfermedad coronaria».

Como lo demuestra el estudio de los recuerdos irritantes de este tipo de enfermos, los mecanismos desencadenados por el enojo afectan directamente a la eficacia del bombeo cardíaco, una situación que convierte al enfado en un factor especialmente nocivo para las personas que se hallan aquejadas de una enfermedad coronaria. Un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Stanford sobre 1.110 personas que, tras padecer un primer ataque cardíaco fueron sometidas a un seguimiento de más de ocho anos puso de manifiesto que la propensión a la agresividad y a la irritabilidad aumenta el riesgo de sufrir nuevos ataques. Este resultado fue confirmado posteriormente por otra investigación realizada en la Facultad de Medicina de Yale sobre 999 personas que habían sufrido un ataque cardíaco y que también fueron sometidas a un seguimiento, esta vez de diez años. El resultado de esta investigación demostró que las personas especialmente susceptibles al enfado eran tres veces más proclives -y cinco veces mas, en el caso de que su nivel de colesterol fuera también elevado- a experimentar un paro cardíaco que las personas más tranquilas.

No obstante, los investigadores de Yale señalan que la irritabilidad no es el único factor que aumenta el riesgo de muerte por enfermedad cardiaca, sino que también lo son las emociones negativas intensas de todo tipo que regularmente liberan hormonas estresantes en el torrente sanguíneo. Pero hay que decir que, como demuestra un estudio realizado en la Facultad de Medicina de Harvard en el que se pidió a más de mil quinientas personas que habían sufrido un ataque al corazón que describieran el estado emocional en que se hallaban en las horas previas al ataque, la irritabilidad representa el caso más evidente de la estrecha relación existente entre las emociones y las enfermedades del corazón. Este estudio demostró que el enfado duplica las probabilidades de que quienes sufren una enfermedad del corazón experimenten un paro cardiaco, y que este incremento del riesgo perdura hasta unas dos horas después de que el enfado haya desparecido.

Pero este descubrimiento no implica que debamos tratar de eliminar el enfado cuando éste resulte apropiado, puesto que también existen pruebas de que su represión aumenta la agitación corporal y la tensión arteriales Por otro lado, como hemos visto en el capítulo 5, el hecho de expresar el enfado contribuye a alimentarlo, haciendo más probable este tipo de respuesta frente a cualquier situación problemática. En opinión de Williams, la aparente paradoja existente entre el hecho de expresar o no el enfado carece de toda importancia, porque lo verdaderamente importante radica en la cronicidad o no de este estado de ánimo. La expresión ocasional de la hostilidad no resulta peligrosa para la salud; el problema surge cuando la irritabilidad se hace tan constante como para permitirnos adscribir al sujeto a un tipo de personalidad hostil, un estilo personal anclado en la desconfianza y el escepticismo y propenso a las críticas sarcásticas y humillantes, así como a los accesos de mal humor. Pero el hecho es que la irritabilidad crónica no supone necesariamente una sentencia de muerte sino que, por el contrario, constituye un hábito y que, como tal, puede ser modificado. En este sentido, resulta relevante el resultado de un programa desarrollado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford y dirigido a un grupo de pacientes que habían sufrido un ataque cardíaco con la intención de ayudarles a moderar las actitudes que les hacían proclives al mal genio. Este entrenamiento en el control del enfado condujo a una disminución del 44% en la incidencia de nuevos ataques cardíacos en comparación con aquellos otros pacientes que no se habían sometido a él. Otro programa concebido por Williams arrojó resultados igualmente esperanzadores  El programa de Williams, al igual que el de Stanford, tiene por objeto enseñar los rudimentos básicos de la inteligencia emocional, especialmente en lo que concierne al desarrollo de la empatía y a la atención a los síntomas menores del enfado apenas se advierta su presencia. Este programa pide a los participantes que hagan el esfuerzo decidido de anotar los pensamientos escépticos u hostiles en el mismo momento en que se presenten. En el caso de que éstos persistan, el sujeto debe tratar de interrumpirlos diciendo (o pensando) « ¡alto!» y, a continuación, debe tratar de reemplazarlos por otros más positivos. En el caso, por ejemplo, de que el ascensor se retrase, uno debería tratar de buscar una explicación positiva en lugar de enojarse por la falta de cuidado de la persona a quien uno supone responsable y, por ejemplo, en lo que respecta a los encuentros interpersonales frustrantes, los pacientes deben desarrollar la capacidad de ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona. La empatía, en suma, constituye un auténtico bálsamo para el enfado.

Como me dijo Williams: «el antídoto más adecuado contra la irritabilidad consiste en el desarrollo de una actitud más confiada. Todo lo que se requiere es una motivación adecuada, pero cuando las personas comprenden que su irritación puede conducirles rápidamente a la tumba, se encuentran mucho más predispuestas a intentarlo».

Por El Mundo.- Del libro "Inteligencia Emocional" de Daniel Cole - 13 de Noviembre, 2007, 20:30, Categoría: CIENCIA Y TECNOLOGÍA
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